Septimo Vicio - El cine visto desde otros t iempos

De "A serbian film" a "Uncle Boonmee": lo que 2010 nos deparó

Finaliza el año cinéfilo como lo empezó, con la amenaza de la crisis flotando sobre las cabezas de la mayoría, también sobre la nuestra, como una espada de Damocles insensible y siniestra (esperemos que no inexorable), en un contexto sociológico preñado de administradores de perfil bajo cuya más evidente función no pretende otra cosa sino asegurar su propia poltrona, al menos, durante cuatro años más. 

Publicado: 29/12/2010

Así y todo, el Cine en las salas sigue consolidando su particular descenso a los  infiernos, perdiendo espectadores y credibilidad, con inusitada presteza, mientras redirige la mayor parte de sus esfuerzos (y estrategias de marketing) a satisfacer las hormonas de una caterva de adolescentes, más o menos ociosos, ávidos de emociones prefabricadas, vampiros románticos y palomitas a granel. 

Dos cuestiones inmensamente polémicas han concentrado la mayor parte de las discusiones cinéfilas (no, ninguna de ellas incide en la calidad deplorable de alguno de los productos que se estrenan) durante el pasado año. La primera tiene que ver con las descargas no autorizadas (cualquier otro adjetivo sería tendencioso, además de contrario a  nuestro derecho positivo), a las que se acusa, con cierta razón, de lacerar, impunemente, las cuentas corrientes de todos y cuántos forman parte del ciclo productivo de una película. La segunda tiene que ver con la censura de alguno de los contenidos de ficción exhibidos/exhibibles (objeto de lapidación pública en el peor de los casos, con una manada  de contertulios, no menos ociosos, soltando improperios a diestro y siniestro en cierto programa catódico).  Es curioso comprobar cómo la mayor parte de los creadores han dejado de lado la segunda de estas cuestiones, que afecta directamente a su necesidad intrínseca de expresarse/comunicarse (casi nada),  para embarcarse (y embarrancarse: alguno de ellos lo  han hecho en plena promoción de la última de sus películas) en una denuncia quijotesca (y parcial) de la primera de estas cuestiones, que tiene como objeto último no ya la inversión/renovación del status quo (en un contexto tecnológico sumamente propicio para ello) sino la condena sine die de todo un medio de comunicación (no de quienes lo utilizan en beneficio propio  aprovechándose del trabajo de los demás, un matiz más que necesario en este caso), de repente convertido en una amenaza potencial que pone en riesgo (en riesgo real, nunca vamos a olvidarlo) a las estructuras productivas y distributivas vigentes en la actualidad. 

“A Serbian Film” desveló, ya desde sus primeros pases en el Mercado de Cannes (todos rebosantes), sus intenciones polémicas, polemistas y provocadoras. También una casi total ausencia de (buen) gusto, así como una ingente colección de secuencias turbias, además de controvertidas, de pretensión metafórica, según aseguraba el director. Nada que no se hubiese visto ya con anterioridad, en todo caso, a pesar de su radicalismo autoconsciente. De forma adicional, fue capaz de poner en el candelero una cuestión que parecía ya superada, la censura, y además fue capaz de hacerlo con un grado tal de afectación en la opinión pública que obligó a la justicia a tomar las riendas en el asunto (lo que tampoco parece un asunto menor). La cuestión, de hecho, no es menos peligrosa en el plano efectivo de cara a un futuro, donde no sólo se vincularía la necesidad de exponer previamente una obra cinematográfica a un tribunal inquisidor, so pena de secuestro y/o linchamiento público, como que ese propio tribunal, cuya formación artística sería manifiestamente cuestionable, pudiera sentirse con el privilegio de decidir, en función de una serie de criterios subjetivos (y por tanto, discutibles) acerca de lo que un adulto, mayor de edad (que puede votar pero no puede decidir lo que es conveniente para si mismo en términos artísticos) pudiera o no pudiera ver representado en un producto de ficción. No en vano, lo que ahora pretenden los defensores (no por casualidad, auto-erigidos guardianes de la moral y la rectitud pública) de esta política censora.

Pero a pesar de todo, y a pesar de lo que se diga o digamos, éste ha sido un buen año para el mundo del Cine y sus aledaños, al menos, en términos cualitativos. Aún con el recuerdo, incandescente, de la notable Avatar de James Cameron, el cine de animación se ha postulado como la mejor alternativa cinematográfica posible a la apatía (y previsibilidad argumental) dominante entre los productos de alto consumo, con “Toy Story 3” y “Cómo entrenar a un dragón”, como antitéticas puntas de lanza, dentro de la categoría de cine estrenado en las salas (ese “cine franquiciado”, que diría Nacho Vigalondo, ajeno a la crisis y la laceración subrepticia). De lo que no se ha estrenado pero nos gustaría que se hiciera (no ocurra como con la cinta australiana, “Mary y Max”, otro año más todavía inédita), nos quedamos con dos cintas esplendente: la (muy) emotiva “The Illusionist” de Sylvain Chomet, sobre un guión nonato de Jacques Tati, acerca de un mago francés extraviado en Escocia que trata de luchar contra la soledad y el cambio generacional, en los últimos albores de su vida y su profesión, y la cinta infantil, “Kooky” de Jan Sverak, una de las muestras más gozosas (y lúcidas) del reciente cine de marionetas checoslovaco, de la mano de uno de los directores que mejor conectan empáticamente con el público, acerca de un osito de peluche que desea regresar a su hogar, mientras se embarca en una insólita aventura junto a los estrafalarios personajes que habitan el bosque donde ha ido a parar… Solo tangencialmente considerable dentro de esa facción (animada), la película franco-belga “Rubber” de Quentin Dupieux , causó sensación allí y donde se proyectó (en Sitges, en San Sebastián, en Granada), cargada de argumentos (a pesar de carecer de eso mismo), absurdo y sin sentidos, estableciendo un diálogo constante con el público (incluso cuando se ríe de él), otorgando un protagonismo desmedido (pero original e inaudito: no hay una película igual en este sentido) a una rueda (sic) con problemas de identidad, hasta hacer de ella, no “sin razón”, uno de los personajes del año. Con pocas dudas, el más entrañable.

Hollywood responde a su tradicional arritmia creativa no solo copiando formulas exitosas en el pasado sino dotando a alguno de sus mejores directores del presupuesto necesario para llevar a buen puerto (en algunos casos más que eso) alguno de sus proyectos más personales, sin que ello mismo conlleve una renuncia sucinta a una futura rentabilidad comercial (qué se lo pregunten a Hitchcock…). En este sentido, tanto “Origen” de Christopher Nolan (un impagable film noir de espionaje industrial y estructura de videojuego) como “Cisne Negro” de Darren Aronofsky (un suculento cuento de terror de resonancias trágico-paranoicas con El Lago de los Cisnes y la pulsión competitiva como leitmotiv) o “La Red Social” de David Fincher (un ejercicio de estilo que tiene tanto de retrato generacional como de documento historicista), rebasan generosamente cualquier tipo de expectativa previa hasta constituirse, por si mismas y por méritos propios, en las mejores representantes de un cine de Serie A que no solo respeta al público, también lo hace sentir reconfortado ofreciéndole un producto cuyas cualidades/calidades intrínsecas tardará en olvidar.

Tres debilidades personales se cuelan en este particular resumen de lo que ha dado de sí el año en términos cinematográficos. El infatigable Neil Marshall y su incomprendida “Centurión”, película de acción y aventuras donde las haya, repleta de antihéroes, bajos instintos, sangre digital y cabezas cercenadas, y también de una incontenible cinefilia, especialmente carpenteriana, sin coartadas ni servidumbres morales bigger than life (a lo Gladiator), lo que mejor le sienta al género, constituyéndose por méritos propios en la gran sorpresa de la temporada (a pesar del descalabro crítico general). No anda muy lejos de esta consideración subjetiva, la cinta de Miguel Sapochnik, “Repo Men”, ya desde su misma gestación una película maldita, infravalorada sólo por quienes la desconocen (que son muchos), una de esas cintas de ciencia ficción noir a las que tan bien le sienta el paso del tiempo (le ocurrió lo miso a “Gattaca” o a “Nivel 13”) y los análisis desprejuiciados, objeto de culto en el futuro, no tardaremos en verlo. La tercera es “Monsters” de Garreth Edwards, una cinta de alienígenas que bien podía no serlo, romántica hasta el hartazgo (sin que presuma de ello), una road movie que tiene tanto de viaje iniciático como de drama existencial (de ahí su título), poseedora, sigo diciéndolo, de una de las secuencias más deliciosas (y emocionantes) de todo el cine fantástico contemporáneo, sí, en “una gasolinera embebida de tentáculos, pasión y deseo”.

Dejo para el final la mención a “Uncle Boonmee”, que recuerda sus vidas pasadas como otros cuentas batallas cuando salen de copas, con total naturalidad, con sus monos fantasma y sus universos paralelos, con sus reencarnaciones infinitas y su tonalidad pastoril, con su inequívoca condición de cine distinto, singular, hiperbólico y, sin embargo, accesible, meditativo, taciturno. Un tipo de trabajo que reflexiona sobre el medio y sobre su naturaleza y nos ofrece, de forma adicional, nuevas herramientas narrativa sobre las que vertebrar el Cine del futuro. No se puede pedir más a una historia como la que propone Apichatpong Weerasethakul. Y tampoco al año que ahora dejamos, ya en la estacada, mientras cargamos pilas y renovamos ambiciones, con la difusión de Cine, en todas sus variantes, siempre, como objetivo prioritario.

J. P. Bango

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