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'The love witch' de Anna Biller

Anna Biller nos presenta 'The love witch', una sórdida comedia con aires melodramáticos que homenajea el sexploitation de los años setenta

Publicado: 17/07/2017

La americana crecida en Los Ángeles nos convoca para participar en este aquelarre pop, explicándonos la historia de Elaine, una bruja interpretada por la bella Samantha Robinson, que busca el amor desesperadamente a través de conjuros y hechizos para atraer a hombres, ocasionando así una serie de consecuencias inesperadas. La revolución sexual alucinógena que Biller desarrolló en 'Viva', su anterior largometraje, le ayuda a profundizar en esta historia ofreciendo una liberada visión de la brujería, obteniendo las bases de una ligera teoría sobre el feminismo y afirmándose como una directora de cine de autor consolidada.

La apertura de la teatralidad se abre con una nueva vida de Elaine, conduciendo por delante de un croma hacia su nueva morada. Aquí veremos que la sobreactuación y la representación de los actores enaltecerán 'The love witch'. Nos alejará de la pantalla haciéndonos sentir que estamos viendo una obra de teatro, como si la historia de Anna Biller fuera un cuento, una fábula gótica figurada por personajes estilizados y muy definidos.

Dentro del apartamento de Barbara comenzaremos a conocer la multitud de referencias que la directora ha estudiado y trabajado minuciosamente para esta aventura, exponiéndolas siempre con corte preciosista. El veterano director de fotografía M. David Mullen confecciona este horóscopo audiovisual desempolvando encuadres barrocos y dibujando una serie de frescos encantadores. A los pocos minutos estaremos hipnotizados bajo una paleta de atrevidos colores moldeados sobre el vestuario y el atrezzo. Cada acto está diseñado como si se tratara de una pintura románica, un claro ejemplo de ello serían las conversaciones de Elaine y Trish (Laura Waddell) en la salita del té. Allí una arpista nos evade a la Edad Media con su delicada voz, mientras que los tonos pastel del vestuario y la puesta en escena nos trasportan al mundo kitsch.

La wicca emana en cada rincón, en cada carta de tarot que se nos enseña, aludiéndonos a la historia a partir de acciones esotéricas con una segunda lectura. El guión se desdobla más allá del melodrama y desarrolla esta fantasía con una agria crítica al patriarcado. La directora juega irónicamente con nosotros, componiendo al personaje de Elaine a partir de una pócima de elementos contradictorios. La protagonista utiliza la brujería para predicarnos el poder y el control que alcanza la mujer sobre el hombre, aunque luego lo use para ser la sirvienta de la masculinidad. Incluso Trish, su amiga de apariencia retrógrada, parece ser de una mentalidad más liberal. Pero es que Elaine es una soñadora empedernida, es una chica enferma que vive en su mundo de ilusiones. Es una niña paciente que juega a ser mayor, que no pierde la esperanza de que un día llegará a su vida ese príncipe ideal e irreal.

Y aquí es donde el sargento Griff Meadows (Gian Keys) se exhibe como el antagonista, un hombre respetado, caballero, honesto, fuerte y perseverante con su trabajo, reuniendo todas las cualidades que Elaine busca. Su príncipe azul es el primer hombre que se encuentra llegando a su nueva vida y el que más tarde se volverá a encontrar haciendo perder la cabeza a nuestra bruja. Y si Elaine comparte todas las típicas y generalizadas características de una mujer, Griff, por su parte, posee las propias de un hombre lleno de pensamientos de testosterona, generando un mar de dudas a nuestra amada.

Por otra parte, los destellos sexuales de Elaine desnudan el virtuosismo de la directora en las escenas de sexo, descubriéndonos la comodidad en la que se encuentra Anna Biller en la sala de edición, además del sumo gusto por los encajes y la lencería setentera. La cámara persigue y acaricia el cuerpo de la soñadora bruja, haciéndonos captar nuestra atención como cualquier hombre que se cruzase con ella. Su aterciopelada mirada es más que suficiente para cautivarnos y hacernos creer que pertenecemos a una obra de arte. Pero no nos engañemos, estamos bajo un hechizo que nos hace ver lo que deseamos por un corto periodo de tiempo. Una vez despertemos, nos encontraremos ante un cuidadoso atrezzo, un teatro visto a través de los amados ojos del technicolor. 'The love witch' no pretende mostrarnos un sólido guión, sino seducirnos con una presumida experiencia colorista y que nos quedemos boquiabiertos durante dos horas deseando un beso de Elaine. 

Alicia Escribano

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