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El primer maldito del cine español

El bilbaíno Nemesio Sobrevila fue uno de los pioneros del arte de vanguardia antes de verse forzado al exilio.

Publicado: 25/08/2016

Cuando el ensayista y semiólogo francés Roland Barthes proclamó su intención de posicionarse en “la retaguardia de la vanguardia”, posiblemente desconocía la existencia de una entrevista, publicada en la revista Popular Film en 1929, en la que un extraordinario cineasta se expresaba en los mismos términos para definir su propia obra. Aquel polifacético realizador, el bilbaíno Nemesio Manuel Sobrevila, injustamente vejado por la incipiente industria cinematográfica de la época, estaba condenado al ostracismo y al olvido, a engrosar como pionero la literatura en torno a los malditos del cine español.

Nacido en 1889, apenas una década antes de que España perdiese sus últimas colonias de ultramar, encajaba en el perfil del europeo cosmopolita y comprometido con el espíritu crítico de su tiempo. El joven Sobrevila cursó sus estudios de arquitectura en Barcelona antes de partir rumbo a París, donde ampliaría su formación y se sumergiría en la vorágine de las vanguardias que dictaban el devenir cultural del Viejo Continente.

Aquella etapa en la capital francesa alimentaría, por un lado, su interés práctico por la pintura de acuarela, la decoración y el diseño de vidrieras, pero también promovería su inclinación hacia la discusión teórica, como revela su participación en la comisión de la primera exposición internacional de arte de la villa vizcaína, una muestra celebrada en las Escuelas de Berastegui entre agosto y septiembre de 1919, con Paul Gauguin como ilustre protagonista. Diez años después explicitaría estas inquietudes con una ponencia, presentada en el Congreso Español de Cinematografía de 1928, que versaba sobre las aplicaciones de la arquitectura en el lenguaje fílmico. En el mismo marco propondría una medida revolucionaria: la aplicación de un canon a los filmes extranjeros con el objetivo de recaudar fondos para el raquítico aparato cinematográfico del Estado. Sobrevila se trasladó a Madrid en 1927 con la pretensión de dedicarse en cuerpo y alma al séptimo arte, espoleado por la vibrante escena parisina que conoció en su juventud. Gracias a los recursos financieros de su familia, se embarcó en 'Al Hollywood madrileño', una película hoy perdida de la que solo quedan escasas referencias bibliográficas. 'El filme de los siete argumentos', como publicitaba su cartelería, lo protagonizaba un tabernero que aspiraba a producir una cinta de gran éxito para lograr que su hija se convirtiese en una actriz de renombre. Tras rebautizar su mesón como ‘Hollywood’, financia una película de temática taurina que se estrella en la taquilla.

Esta sátira, rodada a caballo entre Bilbao, Huesca y Biarritz, parodiaba los géneros clásicos del cine americano -desde la ciencia ficción al experimental- y denunciaba el monopolio que los estudios estadounidenses ejercían en las pantallas de todo Occidente. Tras exhibirse en pases privados, fue víctima de diversos montajes. Aunque fue retitulada en 1929 como 'Lo más español', el desinterés de los distribuidores vetaría para siempre su proyección en salas. Su leyenda comenzaba a fraguarse: como el 'London after midnight' de Tod Browning o 'A daughter of the gods' de Herbert Brenon, su ópera prima se convertía en otro Santo Grial para los documentalistas y los historiadores.

Proyectos frustrados

De talante tozudo, Sobrevila no se rindió a pesar de que los jesuitas paralizaron el rodaje de su proyecto inspirado en la figura de San Ignacio de Loyola. Tampoco cuando las presiones políticas abortaron su polémico reportaje 'Las maravillosas curas del doctor Asuero'. Sin embargo, con un exiguo presupuesto, sacaría adelante una pequeña obra maestra. Con Ricardo Baroja como coproductor y protagonista, 'El sexto sentido' era un largometraje a contracorriente porque, aún siendo una historia de enredos amorosos, se inscribía en el género fantástico, una apuesta poco usual para la época. El hermano del escritor donostiarra Pio Baroja interpretaba a Kamus, un enigmático personaje que otorgaba al cinematógrafo la facultad, como si de un sexto sentido se tratase, de evidenciar la Verdad con mayúsculas que pasaba desapercibida para los otros cinco. Compaginando la burla de los tópicos españolistas del momento con una insólita reflexión sobre el hecho cinematográfico, su refinamiento formal todavía impresiona a propios y extraños. Aunque jamás llegó a estrenarse, la Filmoteca Española conserva en buen estado el negativo original.

Seis años más tarde, el empresario zallense Ricardo María de Urgoiti, cofundador de la compañía Filmófono junto a Luis Buñuel, le encargaría la adaptación de 'La hija de Juan Simón', un drama popular en verso y prosa estrenado en el Teatro Alcázar de Madrid. Las discrepancias con el aragonés motivaron su despido y posterior sustitución por José Luis Saenz de Heredia. Buñuel llegó a tacharle de “loco obsesionado con el detalle”.

Cine desde el exilio

El estallido de la Guerra Civil truncó el rodaje de 'La división perdida' aunque acabó coordinando durante un breve periodo los servicios cinematográficos del Gobierno vasco y sus documentales propagandísticos. La caída de Bilbao le obligó a retornar a París, donde se hizo cargo del cortometraje 'Guernika' -se divulgó por Europa bajo el título 'Aux secours des enfants d’Euzkadi'-. La pieza original incluía fragmentos de los bombardeos sobre la localidad vizcaína, aunque la empresa germana Agfa, encargada de revelar el material, mutiló la mayor parte de las bobinas. Abocado al infortunio, Sobrevila se despidió del cine en 1938 con 'Elai Alai', un documental que recogía la actuación del grupo homónimo durante la gira europea auspiciada por el Gobierno vasco para dar a conocer la situación política y social de Euskadi. La irrupción de la Segunda Guerra Mundial lo forzaría a coger nuevamente las maletas, en esta ocasión, con destino a Latinoamérica. Chile, Argentina o Venezuela fueron sus paradas en el exilio. Regresaría veinte años después para instalarse en Donostia, ciudad en la que fallecería en 1969.

A pesar de la existencia de algún volumen monográfico ('Nemesio Sobrevila, peliculero bilbaíno') y la reciente restauración de 'Guernika' gracias al tesón de la Filmoteca Vasca, su obra sigue siendo pasto de la indiferencia. Ahora que 'Vida en sombras' de Llobet Gracia, una de las cumbres del cine español, ha sido restaurada digitalmente, no estaría de más rescatar de su letargo 'El sexto sentido', ese tesoro primitivo que regaló a la posteridad un auténtico visionario.

El sexto sentido

Son muchos los argumentos que justifican la importancia histórica de una película como 'El sexto sentido'. Para empezar, la planificación iconográfica de sus encuadres o su chocante empleo de los movimientos de cámara y los efectos visuales. Pero si hoy sigue siendo objeto de análisis y debate es gracias a su condición de obra metalingüística. Sobrevila no solo subraya las posibilidades terapéuticas y hermenéuticas del cine, sino que incide en el potencial de la edición cinematográfica para manipular nuestra realidad. El sexto sentido del medio audiovisual era una reivindicación del conocimiento científico a través de la cámara. Ideas absolutamente intempestivas que anticipan algunos conceptos que, décadas después, el cinéfilo hallaría en la filmografía de Iván Zulueta o David Cronenberg.

La imágenes de la “película de retaguardia” del bilbaíno remiten tanto a la teoría del cine-ojo defendida por el realizador soviético Dziga Vértov como a los documentos vanguardistas de precursores como Walter Ruttman y Hans Richter. Pero lo que puede parecer un ejercicio de elitismo no era sino una punzante parodia de los movimientos artísticos vigentes, el costumbrismo más zafio y el castizismo cultural de la España de Primo de Rivera.

En 2003, la maldición que pesa sobre el director volvía a hacer acto de presencia: la edición DVD que Divisa comercializó en nuestro país presentaba una terrible masterización y se modificó el orden de los rollos, dando lugar a un completo sinsentido.

Alicia Escribano

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