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'Gravity', la experiencia inmersiva de Alfonso Cuarón

El último trabajo del mexicano, realizado en 3D, es acogido con entusiasmo en el Zinemaldia.

Publicado: 24/09/2013

Sin grandes alardes argumentales y pocos elementos, 'Gravity' es, en efecto, una odisea en el espacio que concibe el objetivo del medio cinematográfico en los mismos términos que el séptimo arte suscribió en sus orígenes, esto es, en el sentido de espectáculo total, tal y como lo entendió George Mèlies en 'Viaje a la luna', recurriendo a las técnicas más innovadoras para crear sensaciones únicas que apuntan directamente al corazón. Lo grandioso y lo íntimo, mano a mano. Para Alfonso Cuarón, el cine, como fuente de magia y entretenimiento, debe conjugar el acoplamiento de los aspectos visuales y auditivos (estos últimos, de gran relevancia), una trama reducida a su mínima esencia, y una planificación magistral (el soberbio plano secuencia inicial que se prolonga durante 20 minutos: una prodigiosa toma que sirve para contextualizar, presentar a la pareja protagonista y encender la mecha de la acción). Este trabajo responde a esa intención, la de hacer partícipe al espectador de esta angustiosa aventura espacial desde el primer instante. La complejidad formal, una de las mayores virtudes del realizador, revela su maestría tras la cámara y asume un rol sustancial para posibilitar la experiencia inmersiva.

Si el ideal del realismo es la copia exacta, el mexicano, con su cámara de observador/testigo y el uso del 3D (nunca, ni siquiera en 'Avatar' o 'Prometheus', había resultado tan necesario), juega con los efectos especiales de última generación y la medida del tiempo para aproximar la película por momentos al documental espacial. “Los planos secuencia funcionan para que la ficción se perciba como real”, aseguraba Cuarón en rueda de prensa tras la proyección, “hasta tal punto que el espectador participa de la acción como un tercer astronauta”. Técnicamente sin parangón, apabullante de principio a fin, privilegia el cómo sobre el qué se cuenta. Y eso puede ser un problema cuando, en ocasiones, se es proclive al sentimentalismo (esa madre rota por un trágico suceso, las continuas referencias al imaginario familiar) o las salidas de tono humorísticas (todas cortesía de Clooney, en un papel secundario y paternal).

Con una tripulación a la deriva, la supervivencia de la doctora Ryan Stone (una esforzada Sandra Bullock, firmando uno de los papeles de su carrera), como heroína del film, depende de su capacidad y su sangre fría para recuperar el control. Fuera de órbita y sin contacto alguno con la Tierra, no sólo se enfrenta a la muerte. Para regresar a casa deberá vencer sus miedos, en un viaje adrenalítico que se plantea como metáfora del renacimiento personal y la reconciliación con uno mismo. “Un cine más emocional que racional”. Para el director, “si se simplifica la narrativa, la experiencia es más directa. Cuando la desnudas y te centras en un único personaje, éste se convierte en el vínculo para que el público vuelque sus emociones”. En principio, la cámara sigue a la protagonista para ofrecer una visión objetiva de la situación, hasta que se ancla en ella para resaltar el enfoque psicológico que consolide la empatía.

María José López

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