Septimo Vicio - El cine visto desde otros t iempos

2013, un año de cine

Alfonso Cuarón, Shane Carruth, James Wan o Abdellatif Kechiche son algunos de los nombres propios de una temporada con muchas luces y algunos fracasos sonados.

Publicado: 19/01/2014

Retroalimentación

El Cine no ha muerto pero casi se ha ahogado, no tanto por la acción caprichosa de una caterva de políticos sin escrúpulos particularmente empeñados en despreciar la conciencia crítica de aquellos a los que gobiernan, que también, como por falta de inventiva en un medio que sufre más que nadie la pertinaz fuga de talentos que viaja con billete de ida al mundo catódico. Naturalmente, no hablo de esa televisión empalagosa fabricante de productos indigestos, debates inanes y polémicas policromadas que tanto despreciaban nuestras neuronas en tiempos adolescentes y que nos hicieron huir del medio como alma perseguida por el diablo, en muchos casos para no volver, si no de aquella otra, igualmente voraz, que pelea por cada porcentaje de share invirtiendo en talento, esfuerzo y medios de producción con tal determinación y empeño profesional que no sólo logran superar a la competencia con productos altamente sofisticados narrativamente hablando sino a sí mismos, temporada a temporada, a cambio de contentar a sus seguidores. Hasta tal punto el usuario final, cliente o consumidor se ha convertido en beneficiario sucinto de este modo de entender las cosas que series de competencia contrastada como 'Homeland' se ve sanamente vilipendiada por una furiosa camada de defensores a ultranza de las bondades que contenía la producción de Showtime en los dos años previos. Vale que la tercera temporada de 'Homeland' se ha travestido, quizá sin quererlo, en la penúltima de '24' pero, ¿acaso no era '24' un ejemplo paradigmático de lo que debía ser el entretenimiento serializado en la televisión? ¿Acaso una serie que toma como punto de partida las connotaciones trágicas y dramáticas derivadas de un juego entre el gato y el ratón con el 11-S como excusa modal, no debe dejarse tentar por las servidumbres arquetípicas que han definido al género de espías desde los tiempos de la guerra fría?

Con los ecos de la “boda roja” de la tercera temporada de 'Juego de Tronos' aún resonando en nuestros cerebelos como ejemplo evidente de cómo deben hacerse las cosas a ese lado del tubo catódico para evitar el acomodo, y con esa deliciosa derivación que, a modo de spin-off, ha propiciado el alargamiento de la trama de "El Gobernador" en la mid-season de la cuarta temporada de 'The Walking Dead', uno no puede dejar de pensar que el mundo sigue, y no necesariamente tras una pantalla gigante. Y que hemos puesto la palabra “acomodo” sobre la mesa, a medida que el bueno de J. J. Abrams va naufragando creativamente en cada uno de sus nuevos proyectos televisivos, todos cortados por el mismo patrón (como ocurre con 'Alcatraz' o 'Almost Human'), sigue dejando su impronta de fan con derecho a roce en productos tan destacados y reivindicables como 'Star Trek: En la Oscuridad', caleidoscópica odisea espacial de texturas infográficas pero entrañables donde brilla con voz propia el bueno de Bennedict Cumbertach, el Sherlock Holmes de la BBC por cierto, ya que hablábamos de retroalimentación. Lo que, de otro lado, no nos parece mal indicio para la nueva saga galáctica que la pluma de Abrams planea reformular (si Disney & Lucas lo permiten) en los próximos tiempos.

Apocalipsis

El cine no ha muerto, decía, pero casi, en un mundo condenado a su propia automutilación como aquél que dibujaba con torpes resultados la troupe de Seth Rogen en 'Juerga Hasta el Fin', aquí particularmente emperrada en ensartar a Michael Cera en su regreso al cine yanqui tras sus dos lisérgicos trabajos en Chile al lado de Sebastian Silva. Película infernal donde la haya, en todos los sentidos, 'Juerga hasta el fin' se define como una especie de émulo gamberro ma non troppo de la mucho más afinada y cimbreante 'Bienvenidos al fin del Mundo' de Edgar Wright, ésta sí, retrato generacional con apocalipsis al fondo, en realidad, casi un remake de las dos cintas anteriores del director inglés ('Shaun of the dead', 'Hot Fuzz') que no sólo cierra juiciosamente la trilogía de marras, el destino de esa camada de aquellos treintañeros no es sino un mundo robótico abiertamente empeñado en que los menos jóvenes se integren en “su red”, también despierta el creciente interés del cine de comedia hecho en las islas. Y es que si 'Juerga Hasta el Fin' representa el ajuste de cuenta de los propios actores para consigo mismos, con la habitual egolatría de la que suelen hacer gala, 'Bienvenidos al Fin del Mundo' extiende su mensaje auto-analítico al de toda una generación, y eso también incluye a los propios espectadores.

La nueva comedia americana, por alusiones, apenas si ha sabido reverdecer viejos laureles en este 2013 gracias a la escasa capacidad de sus principales dadores de reinventarse más allá del tópico grosero ni aún en sus insistentes intentos por acomodar de tintes subversivos esos puntos de partida de indudable originalidad que, finalmente -es una batalla perdida-, siguen concretando con un previsible happy end, con una resolución asaz conservadora. Sirva como ejemplo 'Somos los Miller' de Rawson Marshall Thurber, paródica hiperbolización de constantes heredadas de alguno de los seriales norteamericanos de mayor éxito ('Weeds', 'Breaking Bad', 'Sons of Anarchy'), según avanza el entramado, sacrificadas para dar pábulo a una resolución complaciente y prototípica en exceso que desvirtúa hasta límites insoportables la mayor parte de sus aciertos, casi todos relacionados con una sucesión de gags más o menos hilarantes. En cuanto a 'Niños Grandes 2'… ¿Qué pereza da hablar de 'Niño Grandes 2', no?

Revolución

El cine no ha muerto, insisto, pero se ha vuelto muy raro: Joss Whedon hace películas indie ('Mucho ruido y pocas nueces'). Ben Wheatley hace y/o estrena películas indie a pares ('Turistas', 'A Field in England'). Steve McQueen hace películas indie como si no lo fueran y hay quien se lo cree ('12 años de esclavitud'). Claire Denis hace una película que me gusta ('Les Salauds'). ¡Cineastas mumbleclore hacen y/o logran estrenar en salas patrias películas de género! ('You are the next', 'The battery'). Lars Von Trier sigue haciendo películas a pares ('Nymphomaniac'), sigue haciendo películas polémicas, también a pares ('Nymphomaniac'), y sigue haciendo polémica con sus películas: recurso promocional infalible que debe el danés a su departamento mercadotécnico -esos cracks- incluyendo el revolucionario hecho de no permitir el pase previo de su película a los medios españoles, no sea que...

Y hablando de revoluciones. Ni una sola de las grandes producciones de género financiadas en suelo californiano ha obviado el componente crítico (ecológico, sociológico, antropológico, político) en sus leitmotiv argumentales pero ni una sola se ha atrevido a llevar al extremo paroxístico sus conclusiones más turbulentas. Quizá por ello la que más destaque es la que menos en serio se toma a sí misma. Y es que 'Riddick' tiene, de largo, el mejor arranque de cine de género del año: cuarenta minutos insuperables preñados de bestias salvajes, paisajes insólitos y buen quehacer expositivo-narrativo que el gran David Twohy no sabe (o sabe que no debe) mantener durante todo el entramado; y aún así esta cuarta entrega de Riddick supera con creces en inventiva, sentido nihilista y espectáculo non sense, de claras y gozosas reminiscencias westernianas además, a la remesa de películas fallidas sólo en cuanto a resultados últimos ('Elysium', 'After Earth', 'Oblivion') que nos ha regalado el cine de ciencia ficción de alto presupuesto en lo que va de año. Que no ha sido un mal año para el cine de ciencia ficción, especialmente en lo que refiere a 'Gravity', después incidiré en ello, y no sólo por 'Gravity', que los puristas no encajarán de ningún modo en dicha categoría, también gracias a obras orgullosamente próximas a la serie B como 'The Purge. La Noche de las Bestias' de James DeMonaco, 'Europa One' de Sebastián Cordero, 'Last Days on Mars' de Ruairi Robinson, 'The Colony' de Jeff Renfroe o 'The Dyatlov Pass Incident' de Renny Harlin, alguna de las cuales comparten capital de producción, medios e intenciones y todas, en mayor o menor medida y en este orden, un apreciable interés por desarrollar argumentalmente sus puntos de partida.

Pero este apartado no iba de ciencia ficción sino de revoluciones. Y, en concreto, de esa revolución que sólo se permite en dosis calculadas tan característica de esta realidad nuestra que hoy nos adocena y también del cine-denuncia hecho en Hollywood desde la década de los setenta y que sigue esa máxima de “libertad consentida” cuya naturaleza explican los hermanos Wachowsky y Tom Twyker en 'El Atlas de las Nubes' citando a Alexander Solzhenitsyn: “Mantendrás el poder sobre las personas siempre y cuando a cambio les des alguna cosa (...) pero si a un hombre se lo quitas todo, ese hombre ya no estará en tu poder”; tagline argumental que define bien y a las claras la que es la película más abiertamente sediciosa de un tiempo a esta parte aun cuando se nutra de postulados subversivos tan subrepticios que apenas si dejan vislumbrarse entre semejante maremágnum de cuitas filosóficas, relatos kármicos, reencarnaciones extemporáneas, gotas en el océano capaz de reavivar conciencias e historias cruzadas dicotómicamente enfrentadas y empeñadas en repetirse indefinidamente hasta convertir la Tierra en un anacronismo. Y es que 'El Atlas de las Nubes' no sólo una estupenda y poliédrica adaptación de una no menos estupenda y poliédrica novela de David Mitchell, sino la cinta de culto del año (pasado), de tardío estreno en medio mundo y que merece no ya una revisión anual, también muchos más adjetivos elogiosos de lo que la mayoría de los críticos, espectadores y espectadores-críticos quisieron (o quisimos) admitir en su momento.

El espacio tridimensional

Y vuelvo a 'Gravity', sí. Que es casi lo mismo que decir que vuelvo al espacio. De hecho, es lo más cerca del espacio que voy a estar alguna vez. Después de haber superado el impacto inicial que provoca el manierismo del primero de sus planos secuencias y la constatación evidente de que el espacio tridimensional así filmado puede transformarse en un personaje más de una película (en realidad, en el protagonista sucinto de la misma por mucho que la verborrea fatalmente cómplice de Clooney y, sobre todo, los monólogos interiores o no de Sandra Bullock parezcan insistir en lo contrario), nos queda una película que, más allá de lo que ofrece argumentalmente, al menos en un plano consciente, respeta con cierto denuedo los clichés característicos de los géneros clásicos.

'Gravity' no es una película de ciencia ficción al uso, pero sí es un thriller al uso, una cinta de suspense al uso, un drama intimista cuyo desarrollo busca una reparación existencial al uso, una película de aventuras al uso, una space movie memorable. Es un cúmulo de tantas cosas y tan virtuosamente narradas que cualquier esfuerzo, por mi parte, por minusvalorarla (mohines de Sandra Bullock incluidos) es poco menos que perder el tiempo.

La utopía

Si pensáramos en una película que resultara de la confluencia de los universos creativos y conceptuales de Malick, Lynch y Cronenberg no me cabe la menor duda que daría como resultado esta 'Upstream Color' de Shane Carruth. Más allá de sus inagotables ideas subrepticias, la mayoría de ellas de corte filosófico-existencial (incluso se llega a atisbar cierta pulsión nihilista en la secuencia en que se ejecuta al creador-experimentador), me gustaría destacar la eficacia rotunda de sus alegorías conceptuales (guarden o no relación con la ciencia ficción), con esas rimas visuales y auditivas que engalanan un metraje que ese montaje sobresaliente del que hace gala toda ella no deja de subrayar y, fundamentalmente, con ese tono melancólico que sustenta y justifica su armazón argumental. En palabras de David López: 'Upstream Color' es “una película elegante y clarividente (…); ciencia ficción abstracta, metafísica y deliciosamente romántica (…); una alegoría sobre la libertad humana, el pulso del individuo contra los mecanismos de control social y los procesos de interconexión que sustentan el ciclo de la vida”. También, esto lo digo yo, es una de las películas del año por mucho que su aureola hipster le haya hecho perder enteros entre la masa crítica.

'The Congress' de Ari Folman adapta una novela de ciencia ficción de Stanislaw Lem que parecía imposible de adaptar. Lo hace parcelando su entramado en dos partes. El primero juega con la idea del deterioro de la imagen. El segundo hace lo propio con la percepción. Uno y otro incide en la idea lemiama que concibe al individuo como un ente si no manipulable sí maleable al antojo de los poderes fácticos, medie o no una solución química reactiva. Un mensaje muy actual, además de oportuno, en estos tiempos en que la información y la responsabilidad política se vierte al sistema a través de una pantalla de plasma y que incide en la idea de que el mundo que vemos o percibimos no tiene por qué ser exactamente el mismo en el que vivimos realmente. Nada nuevo a este lado de la caverna, como vemos.

Contra pronóstico

La última película del veterano Neil Jordan, 'Byzantium' funde el espíritu y esquemas argumentales de, por este orden, 'Entrevista de un Vampiro', 'Déjame Entrar' y 'Rise: Cazadora de Sangre', permítanme la auto-cita, “con ese habitual buen gusto estético-narrativo al que otrora nos tenía acostumbrados el director de 'En Compañía de Lobos'”. Contra pronóstico, el resultado de dicha conjugación es una película encomiable que no sólo vuelve a demostrar que al género vampírico le quedan más vidas que excusas marcianas a los responsables de prensa de cierto partido político, también que el bueno de Neil Jordan sigue vivo y no planea retirarse a corto plazo. Destacable, por cierto, la labor de sus dos protagonistas femeninas: Saorsie Ronan (destacada protagonista de la distópica 'How I Live Now') y Gemma Arterton; y lo exageradamente tardío que se nos antoja su estreno en suelo patrio...

Dos excepciones más sobre el papel condenadas al fracaso. 'Guerra Mundial Z' de Marc Foster que, por cierto, “apenas si guarda parecido con la novela que dice adaptar”, tampoco en su recomendable versión extendida, y 'Pacific Rim', “una cinta incomprendida solo a medias, ruidosa actualización del subgénero mecha que se beneficia de esos esforzados añadidos lovecraftianos dispuestos estratégicamente” por Guillermo del Toro “para ganarse el plácet de cierto sector crítico”. Como muchos de sus parientes, 'Pacific Rim' “también se empeña en destrozar, casi pornográficamente, los símbolos y edificios más representativos (...) que es justamente lo que Hollywood ha venido haciendo en los últimos tiempos con el Capitolio con dos películas veraniegas de acción desbocada; la primera: 'Objetivo La Casa Blanca', obra y gracia del simpar Antoine Fuqua, y la segunda, y peor, 'Asalto al Poder', por cuenta del habitual del subgénero Roland Emmerich en la que quizá sea si no su película menos subversiva, sí, al menos, la más difícilmente defendible en términos analíticos” aunque logra trasladar a la gran pantalla, con no poco acierto, “ese pensamiento populista de querer depurar responsabilidades a los políticos de turno, al menos desde un plano emocional (cualquier otro camino parece ya utópico), derribando los símbolos que refrendan su estatus; precisamente, ese mismo estatus que generosamente le regala la propia ciudadanía cada cuatro o cinco años”.

Sleeper-Hit

'Expediente Warren. The Conjuring' es, de largo, la cinta de terror (y sustos) del último lustro; un ejercicio de precisión tensional absolutamente reivindicable que, literalmente, pone los pelos de punta (como bien podrían atestiguar los apoya-brazos de las butacas a las que se aferraban insistentemente los espectadores que cohabitaban a mi lado en la sala del cine, seguramente víctimas de un desperfecto cardiaco casi irreversible); pura artesanía demiúrgica de aromas y texturas clásicas (y clasicómanas) al servicio de una trama manida, sí, repleta de clichés característicos, también, que, sin embargo, no desmerecen ni uno solo de sus aciertos, casi todos referidos a la interpretación, puesta en escena y dirección. Película sorprendente a todas luces, cinta de culto por méritos propios, en realidad, la excusa reivindicativa que financia estas líneas y que consagra a James Wan no ya como uno de los directores más interesantes de su generación en cuanto a reinvención de todo un subgénero se refiere (junto a Ti West y Rob Zombie), también como un tipo capaz de llevar a cabo este propósito (con alguna excepción puntual que le perdonamos aprovechando el entusiasmo suscitado por esta película) utilizando recursos narrativos y expresivos de toda la vida.

C’est fini?

Dos de las películas francesas más destacadas del año se pueblan de elipsis, discursos (co)medidos y una cierta propensión estética en su puesta en escena. 'Les Salauds' de Claire Danes es un polar que no quiere serlo; desde este punto de vista, es la negación del polar y, sin embargo, conserva buena parte de sus constantes estéticas (incluyendo coches setenteros) y discursivas (ese fatalismo implícito que definía a las mejores obras de Melville): no hay policías ni delincuentes con conciencia de serlo; sí empresarios venidos a menos dispuestos a abandonarlo todo con tal de ajustar cuentas contra aquél (esta vez empresario exitoso) que parece responsable de las desgracias que han asolado de un modo u otro a su familia. Pero lo que menos importa es lo que cuenta sino cómo Claire Danes lo cuenta, incluso más que eso, importa cómo va empujando su narración hacia un precipicio impalpable cuya dimensión última sólo se acierta a vislumbrar una vez analizada su contundente conclusión.

'La vida de Adele' de Abdellatif Kechiche dura ciento ochenta minutos y, contradictoriamente, también destaca por sus elipsis. Pero a pesar de esas elipsis o, quizá, gracias a que esas mismas elipsis permiten invocar saltos de tiempo que nada aportarían al devenir narrativo de la obra, el director franco-tunecino se permite el lujo de explicitar complacientemente las escenas de sexo, de alargar las conversaciones hasta el infinito, de abusar de los primeros planos de sus dos protagonistas femeninas hasta que llegamos a conocer cada pliegue de sus caras como si fueran las nuestras, de reincidir una y otra vez en las diferencias culturales, sociales, familiares y educacionales que separan, quizá inexorablemente, a las dos partes de esa ecuación condenada a no resolverse que da pie a la película... Y no lo hace de cualquier manera en una cinta que no sólo habla del tránsito a la madurez, ese tópico, también de la necesidad perentoria de vivir el momento, ese momento concreto, como si no fuera volver; quizá porque de veras nunca lo haga.

Por cierto, que eso es justo lo que ofrece cualquier película en su primer visionado. ¿Será ésta la causa de que nos guste tanto el Cine, incluso en mitad de este océano turbio en el que se ha convertido nuestra cotidianidad y que poco o nada le importa a quiénes deciden en nuestro nombre?

J. P. Bango

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