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Berlusconi y Proust se citan en 'La Gran Belleza'

El último trabajo de Paolo Sorrentino triunfa en los Premios del Cine Europeo con tres galardones (mejor película, director y actor).

Publicado: 07/12/2013

A mediados del siglo XIX, como concienzudo devoto de la palabra exacta ('le mot juste') y la precisión del discurso narrativo, Flaubert confesaba a su amante y confidente, la poetisa Louise Colet, que aspiraba a escribir un libro sobre la nada, un volumen “sin apoyos exteriores que se sostuviera solamente por la fuerza intrínseca del estilo, como la tierra se mantiene en el aire sin necesidad de sostén”. Aquella obra, que jamás se materializó, debía nacer de la melodía de las circunstancias y de esos instantes vitales que en sí mismos nos resultan insignificantes y anodinos. No por casualidad, con ese texto utópico sueña Jep Gambardella, incuestionable maestro de ceremonias de 'La gran belleza'. El sexto trabajo de Paolo Sorrentino, una obra monumental y excesiva que ha ido ganando partidarios y detractores desde que se estrenase en la sección competitiva del Festival de Cannes, llegó a la cartelera española el pasado jueves tras merecer alguna sonada ovación en el encuentro que el cine europeo se reserva anualmente en Sevilla.

La película del realizador italiano, barroca y esencialmente proustiana, evoca de forma consciente el peso de “ese mundo de adjetivos desconocidos y metáforas imposibles”, tal y como al napolitano le gusta describir las veleidades del universo literario, al que también aportó su granito de arena con la publicación dos años atrás de 'Todos tienen razón' (Ed. Anagrama). La vida, entendida como una historia imaginaria, un relato soñado o un viaje novelado, es el 'leit motiv' de un filme que alude al legado del Céline de 'Viaje al final de la noche' (suya es la reveladora cita inicial) y rinde pleitesía a una ciudad eterna, una Roma imperial y vibrante que se debate entre la gloria de tiempos pretéritos y la decadencia de la era Berlusconi y sus fiestas 'bunga-bunga', caldo de cultivo para bellinas, aristócratas de postín y una burguesía abocada a una intelectualidad fraudulenta. Como espejo de un país de “turistas, tenderos y mercaderes enamorados de la moda y la pizza”, la capital transalpina se convierte en el pivote de esta narración decididamente nostálgica. La ética y la estética del recuerdo.

En su primer movimiento, atestiguado el desmayo de un turista japonés, preso de un oportuno síndrome de Stendhal, la cinta nos invita a un guateque nocturno por el que pulula lo más granado de la alta sociedad romana. Un letrero luminoso de Martini preside la escena mientras los asistentes, crápulas de diverso pelaje, bailan la conga al hilo de una remezcla de 'Far L'Amore' de Raffaella Carrá. Una troupé de mariachis se abre paso entre la multitud, bien nutrida de ricachones libertinos y conejitas a la caza del paparazzo de turno que se codean con actores inmersos en una acalorada discusión sobre el jazz etíope y la huella de Shakespeare en el teatro contemporáneo. Como si no hubiese amanecer (“las mañanas me son desconocidas”, pregona Gambardella), todos parecen vivir ajenos a la crisis y el desengaño que impera en estos días aciagos. Nada más lejos de la realidad.

Una Italia kistch

Pronto se nos presentará al anfitrión de la función, interpretado por un inconmensurable Toni Servillo, hombre fetiche del autor de 'Las consecuencias del amor'. La descripción de Gambardella es minuciosa y clarividente: un 'bon vivant' a tiempo completo, tan coqueto como misántropo y egocéntrico, que gusta vestir trajes impolutos y no toma vodka bajo ningún concepto porque lo considera una bebida vulgar. Un casanova, “destinado a la sensibilidad”, que añora el olor de las casas viejas que habitó durante su infancia. Sin embargo, con la muerte como revulsivo, rápidamente comprenderemos que la actitud cínica y la amarga lucidez que despliega no pueden velar su terrible desencanto hacia lo mundano.En estado de duermevela, sus volátiles paseos por la metrópoli, que el director filma con su habitual tono satírico y sus elegantes travellings (inevitable intuir la influencia del último Terrence Malick), le sirven como excusa para alternar con la fauna circense de la Italia del presente. Un collage que componen artistas conceptuales, poetas mudos, gurús del bótox, prostitutas con ínfulas de estrella televisiva, militantes comunistas que son carne de cañón para un 'reality show', nobles de alquiler y cardenales amantes de la buena mesa.

La panorámica de este grotesco ecosistema remite a la ambición artística y literaria que el séptimo arte asumió en otra época. En su crepúsculo, Gambardella se apropia de los gestos apesadumbrados y la desilusión del Marcello Mastroianni de 'La dolce vita' (en cierto modo, incluso del escritor que protagonizaba 'La noche' de Antonioni). También sobrevuela su ostentación el Fellini del 'Satyricon', un dechado de gravedad y abigarramiento. Escoltado por un equipo de fieles, Sorrentino hace gala de sus mayores virtudes para encapsular en el encuadre la majestuosidad arquitectónica de Roma y sus trazados geométricos, para empuñar la fantasía desbordante cuando juzga los tópicos culturales de la nación que lo vio crecer. Subraya efusivamente las emociones que despiertan los mitos del pasado con la música coral o las composiciones de Bizet y Gorecki, y sopesa la magia de la cotidianidad con un delicioso cameo de Fanny Ardant. Hay quien considera que el exhibicionismo y la estilización extrema de su filmografía siempre bordean el ridículo. ¿Acaso la vida no es patética y absurda?

El poder y las raíces

La trayectoria de Sorrentino gravita parcialmente sobre la crónica de “una enfermedad de la que nadie desea curarse”: el poder, sea de orden religioso, político o social. En 'Il Divo' (2008), por ejemplo, repensaba la figura pública y privada del controvertido Giulio Andreotti desde la óptica de la comedia negra y caricaturesca. Su fresco del líder de la Democracia Cristiana era el retrato cruel y humano de un hipócrita, celoso de su intimidad e impasible en las relaciones personales.

En cualquier caso, aunque perdura su cuestionamiento de la autoridad, 'La gran belleza' recupera explícitamente otro de los lugares comunes del cine de su creador. La búsqueda de las raíces, que Sean Penn emprendía en 'Un lugar donde quedarse' (2011), persiste en este largometraje. Gambardella nunca pudo dar continuidad a su único libro, 'El aparato humano', porque “rastreaba la pista de la gran belleza y nunca logró localizarla”. El periodista la hallará finalmente en una reminiscencia de su adolescencia, la imagen de una isla, un faro y un amor de juventud que le marcaría en años venideros. A fin de cuentas, retomando a Flaubert, la partitura de la vida está salpicada de pequeñas notas maestras, de fugaces destellos de felicidad que soportan nuestra existencia.

D. López

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