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Cannes 2010: "Somos lo que hay"

“Somos unos monstruos”. Más un golpe de zozobra y alarma que un arranque de perspicuidad, son éstas las insoportables palabras con las que una madre empuja a los suyos a no olvidar lo que de aberrante y dantesco atesora su realidad, la de los desheredados que en su batalla diaria por la supervivencia han degenerado en alienación, demencia y atrocidad.

Publicado: 30/05/2010

Son los derroteros por los que transita la admirable y prometedora ópera prima de Jorge Michel Grau, portentosa crónica de descomposición familiar, de adscripción fantástica y vaporosas insinuaciones sexuales. Una obra descarnada y epatante, con un esmerado diseño de sonido (el opresivo ruido de los relojes que aventura su clímax es sencillamente abrumador), que insiste en la temática caníbal pero asignándole una consideración nada condescendiente de la sociedad mexicana. Así, en ausencia del patriarca (la silla vacía la evoca), una familia de clase baja se debate entre mantener un negocio de reparaciones sin salida o perpetuar sus insólitas prácticas alimenticias, a las que estiman muy por encima de la simple subsistencia. La obligación de contar con un líder que guíe a la manada, la consagración de reglas y restricciones, y la ofuscación por prolongar sine die esta rutina, nos aproximan a la idea de un rito, de una experiencia ceremonial.

Estando la opinión pública mexicana familiarizada con casos tan sobrecogedores como los protagonizados por Gumaro de Dios y José Luis Calva, el clan antropófago que ejerce de anfitrión en “Somos lo que hay” no es un mero producto de ficción. Si el hallazgo de “carne humana en una sartén” no mereció demasiadas líneas en la prensa nacional cuando estos horrores verídicos estaban en boca de todos, no debe causarnos sorpresa que un tanatopráctico con ínfulas de artista, no sólo no se escandalice al hallar un dedo en las entrañas de un difunto, sino que tache el descubrimiento de poco menos que cotidiano.

En los primeros compases del filme contemplamos al personal de limpieza de un centro comercial retirando un cadáver y eliminando los restos de sangre y otros fluídos con absoluta parsimonia y frialdad. Más tarde asistimos al intento de secuestro de unos niños harapientos que malviven bajo un puente. Y es a lo largo del metraje cuando somos testigos de la humillante incompetencia de las fuerzas del orden, pobres diablos de métodos explícitos y actitud sonrojante que sueñan con una fama etérea que los arrancará de la miseria si son capaces de resolver, cueste lo que cueste, el misterio que rodea la aparición del caníbal. Pero no son los asesinatos a sangre fría y los movimientos al margen de la ley los únicos espantos del infierno urbano. Memorable es aquella escena en la que un sufrido grupo de prostitutas, que claman venganza por la muerte de una compañera, intentan agasajar a un policía ofreciéndole para su disfrute a una adolescente que aún no ha alcanzado la mayoría de edad, un “regalo” que afirman reservar para políticos y empresarios. Aterrador.

En una de sus habituales boutades, entre la espontaneidad surrealista y el humor macabro, Roland Topor venía a alabar las bondades de cierta gastronomía local, bendiciendo como una genuina delicatessen la sanguineta, “esa sangre de mujer asada con tocino, ajo y perejil” cuya elaboración respondía más al ejercicio de un docto que a una mera tradición culinaria. Certero, como siempre, nos exhortaba a considerar el festín de matadero, servido en abundancia en cualquiera de nuestras francachelas regionales, como pintoresca anécdota de nuestra condición humana. Pues no nos engañemos, todos somos caníbales turbados por el insaciable deseo de devorar al Otro. Y ése es el quid de “Somos lo que hay” (un título en verdad esclarecedor), ubicarnos en esa gran comilona que es la vida.

David López

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redrumum en 20/10/2010

Muy buen film, sin duda. El canibalismo es usado sólo para acercar a sus personajes a su forma más primitiva, más esencia. La escena del autobús me parece pavorosa.

1 saludo!

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