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Cannes 2010: "Outrage"

Travelling lateral. Una cadena de lujosos automóviles de gama alta custodiados impertérritamente por un ejército de lacayos de fachada impoluta y rictus impenetrable. Aguardan ceremoniosamente a los líderes de sus respectivos clanes, hoy invitados de honor del sindicato del crimen Sanno-kai. Pura ostentación de autoridad, sumisión y orden. Todos perfectamente conscientes de su posición y su cometido bajo el yugo de una estructura altamente jerarquizada. Un armazón que irónicamente se disuelve con pasmosa fragilidad cuando entran en juego las ambiciones de poder.

Publicado: 29/05/2010

Deudora de las despiadadas refriegas fraticidas del cine de Kinju Fukasaku (nuestra angustiosa crisis económica bien podría sustituir como telón de fondo a la vorágine del Japón post-Hiroshima de “Battles without honor or humanity”) y, por tanto, en el extremo opuesto del romanticismo pop y la iconoclastia de Seijin Suzuki, “Outrage” ("Atoreiji") supone el retorno de Takeshi Kitano a los estilemas de sus propias aportaciones al yakuza eiga. Clausurada la trilogía que ha marcado un ciclo autodestructivo y metalingüístico en su filmografía, el realizador nipón nos obsequia con una tragedia que, desatendiendo la plasticidad de gran parte de su obra, parece resolverse como acabamiento y cumplimiento del género. Del mismo modo que en el cierre de la función la jubilosa barbacoa en la playa encarna las antípodas de aquel rígido banquete protocolario con el Kitano nos daba la bienvenida, el film representa, en su desproporcionada escalada de violencia y muerte, la consumación de una época. Es un policía corrupto el que precisamente extrae conclusiones entre tanta crueldad e irracionalidad, convencido de que la edad dorada de los viejos yakuzas ha terminado y que vivir el mayor tiempo posible es la mejor de las revanchas. Por ello, obviando las catarsis humorísticas y las muestras de sadismo desmesurado que rozan lo paródico, no puede percibirse frivolidad alguna en los sucesivos acontecimientos que sin dirección fija describe el cineasta japonés. Aun más cuando los movimientos de los peones no responden sino a perversas cábalas de los que desde arriba disfrutan llevando al matadero a todas las fichas del tablero, por el puro goce amoral o por los más bajos instintos de supremacía sobre el rival.

En esa línea, no es fortuita su apreciación de un mundo en inevitable extinción. Los ultrajes ajenos a toda honorabilidad y las mutilaciones sin sentido cobran especial relevancia pero ahora son las infelices esposas de ricos vanidosos las que se acercan a plena luz del día a los mercados de la droga; las tapaderas ilegales apenas si se camuflan en los grandes salones de la embajada de alguna remota república africana; y el respeto que se profesaban los eternos enemigos se reduce a meras formalidades que se finiquitan en cuanto los intereses apuntan hacia otros derroteros.

Sin respiro alguno como para incidir en los tiempos muertos, “Outrage” es de principio a fin un divertimento nada sutil que saca tajada de su intenso montaje (la masacre editada en paralelo retrotrae algunos de los mejores minutos del cine negro contemporáneo). El oportuno score de Keiichi Suzuki, alguna elipsis digna de mención, y el tono seco y contundente que domina la práctica totalidad del metraje, permanecen también en el capítulo de aspectos meritorios de una cinta que posiblemente no pretendía sino funcionar como ese estimulante entretenimiento con firma de autor largamente anhelado por su parroquia más acomodada. Y todo sea dicho, bien podría aprender el otrora intesante Takashi Miike.

David López

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