Septimo Vicio - El cine visto desde otros t iempos

Nuestro Cannes, año 2011

Sensaciones encontradas en nuestro regreso a Cannes, año número tres, segundo para quien esto firma, ciudad de contrastes y de Cine, henchida de glamour y de sonrisas superficiales, de vestidos de fiesta y de butacas en las que solo puedes sentarte si llevas smoking, de coches de gran cilindrada y de ostras caras, de colas inacabables y de empujones en la sombra, de celebridades deudoras de poses matemáticamente diseñadas por los respectivos departamentos de marketing.

Publicado: 26/05/2011

Una costumbre, y ya empiezo, que terminó por saltar por los aires en el caso “Lars Von Trier”, cuyo “fuck on hand” en pleno photocall, provocador sólo por usar letras mayúsculas, terminó derivando en una agria polémica de ascendencia filonazi en mitad de un país, no sin razón, especialmente sensible con los agitadores posmodernos; una controversia impostada (insistimos, de indudable origen mercadotécnico) que terminaría exiliando, de ipso facto, al autor danés a las afueras de Cannes, como así confesaran horas después reprensores (la organización, a través de una nota) y reprendido (lejos de las bacanales oficiales y de los fotógrafos que sólo un día antes lo habían retratado como un elemento discordante), mientras los contables de Zentropa obligaban a Lars Von Trier, una suerte de "enfant terrible" venido a menos, a pedir perdón, sombrero de paja en ristre, al mismo tiempo que sus distribuidores habituales amenazaban con retirarle la palabra (como también podría desprenderse de la mirada insidiosa que le espetara Kirsten Dunst en mitad de la rueda de prensa de autos) y buena parte de sus contratos internacionales; un ultimátum directamente dirigido a los cimientos últimos de la personalidad del cineasta danés, como siempre,  maleducada pero celosa, como cualquier otra,  por mantener a buen recaudo los saldos positivos de su cuenta bancaria…  

Hablar de números en Cannes es lo mismo que hacerlo de su Marché,  donde la crisis (generalizada, imparable, ciega) volvió a hacerse eco en la mayoría de sus stands, de apariencia alicaída y escaso movimiento, algunos de ellos preñados de fruslerías, otros decorados con posters de películas protagonizadas, sí, otra vez,  por Kevin Sorbo y Jeff Fahey; la crisis también tuvo su incidencia en un número de proyecciones, ofertadas en el propio mercado, que palidecía  en la comparación con los años anteriores; hay quien comentaba, y lo hacía en castellano, que se estaba tocando fondo. Una situación que contrastaba, y es algo que deberían mejorar los prebostes de la propia organización, con las colas invencibles que nos impidieron visionar alguna de las películas que habíamos definido como objetivo ineluctable en nuestro (muy) elaborado planning inicial; es lo que nos pasó con “Drive” de Nicolas Winding Refn, a pesar del jugosísimo tiempo que perdimos en mitad de una descorazonadora fila protagonizada por el aprieto del sol y los rostros pacientes (es un hecho: en Cannes nadie se queja), esperando, con idénticas posibilidades, a que ocurriera un milagro, por ejemplo, que alguien reconsiderara la posibilidad de programar una nueva proyección en un cine de mayor aforo, o que cayera un planeta, justo lo  que sí sucede en “Melancholia”;  un título, por cierto, de no pocas concomitancias existenciales,  que se volvió recurrente durante muchos pasajes de nuestra estancia en la ciudad. También nos quedamos fuera de la proyección de “We need to talk about Kevin” de Lynne Ramsay, gracias a una marciana estrategia protagonizada por un grupúsculo de espectadores con una habilidad especial para colarse por cualquier rendija, saltando a través de las macetas si la situación así lo requería o atravesando cuerpos ajenos, que de todo había; caraduras desvergonzados abriéndose paso entre la nada a golpe de empellón y de insolencia, siempre precedidos de una hipócrita forma de disculpa, la mayoría de las veces con acento francés; un descontrol reprochable a quienes deberían controlar el orden en mitad de ese caos organizativo que, en definitiva, dio con nuestros honrados huesos (después aprendimos la lección), literalmente, en el último lugar de una fila cuyos primeros brotes habíamos ayudado a construir, para asombro propio y de nuestras neuronas: por un momento podíamos haber jurado que las decenas de espectadores que se colaron por delante en tan solo unos segundos habían hecho uso de prácticas demiúrgicas...  La tercera y última proyección saboteada por condicionantes imprevistos tuvo lugar en la misma puerta de la sala del Palais donde programaban “Sex and Zen 3D”, uno de los pocos extravíos lúdicos que nos habíamos auto-recetado en nuestra socorrida must-see-list,  bajo el (literal) dedo acusador de una guardiana de la Fe y el orden, de rasgos asiáticos y voz histérica, no tanto ávida de espectadores como de compradores multinacionales; su lema: “only for buyers”, expresado con tonos sádicos y graves en mitad de aquella fila inconclusa, nos recordó, más que someramente, a aquel momento en el que Donald Sutherland, derrotado por el sueño (hablamos del final de “La Invasión de los Ultracuerpos” de Philip Kaufman) se convida a dejar al trasluz, y ante todos, la personalidad humana de Veronica Cartwright; una situación altamente desconcertante y con la que no nos quedó otro remedio que identificarnos,  que terminaría convirtiéndose, sin embargo, en  cantata recurrente a la hora de alimentar no pocas horas de chanzas futuras durante nuestra estancia en el Festival. 

Las colas indeciblemente largas (hablamos de no menos de cinco mil acreditados con derecho a visionar la mayoría de los pases) y la constante presencia de gente engalanada en las inmediaciones del Palais transformaron el paisaje sine die. Unos buscaban notoriedad en mitad de semejante jungla de cámaras de fotos y voyeurs sistemáticos; otros, directamente, te atosigaban demandando invitaciones, cartel en mano, a la salida de cualquier proyección; una cuestión, repetimos: rutinaria, de la que, sin embargo, presumía Pedro Almodóvar como síntoma inequívoco de la expectación que generaba el estreno de “La Piel que Habito” el día antes de su Premiere, en unas sorprendentes declaraciones concedidas a cierto telediario nacional, imaginamos que desconociendo no ya lo que resulta una práctica habitual en las horas previas al estreno de cualquier película de la Sección Oficial (o adláteres), sino que además, y es una opinión que compartimos la mayoría de los que por allí pululamos, parece una costumbre impostada. Y también lo parecía en este caso, aunque eso no fuera óbice para evitar su correspondiente mención en el noticiario de marras. 

El cada vez más involucionado cine en 3D, en fin, uno de los reclamos comerciales  de los que alardeaba la organización del Festival semanas antes de su inauguración, incrementó su presencia numérica en no pocas salas del Mercado, extendiendo sus anzuelos a la propia Sección Oficial a Concurso, gracias a la presencia de “Hara-Kiri” de Takashi Miike, fallido remake del original de Kobayashi cuyo principal rasgo, precisamente, es el carácter inocuo de su vertiente tridimensional, con contados (pero muy bellos) planos en 3D, de escaso valor narrativo, insertados con calzador en un argumento a todas luces lacerado por la desgana creativa que el muy prolífico autor nipón acumula en los últimos tiempos; una sensación, subjetiva, que terminó por refrendarse en formato empírico tras una (demencial) proyección (no tuvimos suerte en este aspecto, huelga decir) sesudamente saboteada por unas gafas de saldo, y por un proyector desposeído de la intensidad lumínica suficiente como para soportar la (literalmente) brillante paleta de colores que proponía el cineasta japonés en cada fotograma; un problema, en absoluto menor, que desvirtúo notablemente el disfrute de la película de Miike en el único pase al que pudimos tener acceso; y es que no hay que olvidar que estamos hablando de una obra, en esencia, formalista,  cuya apuesta más notoria proviene, precisamente, de sus cualidades técnicas. Esperemos que alguien tome buena nota.  

Pero ahí se acaban las inconveniencias. Tener acceso más o menos prioritario a casi todas las secciones y salas que hospeda y acoge el Festival nos permitió la agradecida tarea de tener que seleccionar, de una inabarcable parrilla de más de mil películas y/o proyecciones, los títulos que juzgamos a priori más destacables; también nos permitió alejarnos del mundanal ruido (podéis creerme, un acto de libertad más que necesario en este contexto trufado de apariencia e insustancialidad) cuando más apretaban horarios, cansancio y decepciones, siempre con Lars Von Trier en el punto de mira, lo que, de forma añadida, también nos permitió quedarnos al margen de la anquilosada parrilla promovida por quienes programan los títulos de la Sección Oficial a Concurso, proyectando nuestras cinefílicas garras en alguna de las secciones paralelas (especialmente destacable en el caso de la Quincena de realizadores) o del propio Marché, buscando y encontrando aquellos títulos que ya habían triunfado en Sundance o en Berlin, o que harán lo propio, por ejemplo, en Sitges, una vez comience la temporada festivalera de género, siempre después del verano. 

Películas inconformistas (“Martha Marcy May Marlene”) han convivido en dicha selección con otras que solo lo parecen en sus afiches promocionales (“Hors Satan”); productos acomodados en la estridencia y en la desgana (“Melancholia”) lo han hecho con obras de autores en perpetuo estado de autorreferencia (Almodóvar), temerosos de asumir riesgos (no es el caso de Malick) o nuevas perspectivas narrativas (Kaurismaki),  incapaces de salirse del tiesto sino en el plano mediático, ya lo hemos dicho,  justo el lugar donde Lars Von Trier se mueve como pez en el agua; ese mismo territorio geográfico que el bueno de Kaurismaki suele aprovechar para vindicar su constante predisposición a fumar (o a intentar hacerlo) en ciertos espacios públicos, mejor si hay fotógrafos delante, como ya pudimos comprobar de primera mano en Granada, en un encuentro promovido por miembros de este equipo de redacción, y que ya es mítico. Otros cineastas se mostraron, por el contrario, directamente acabados, esperando su propio apocalipsis, o anunciándolo en la posterior rueda de prensa con frases desentonadas, y otras se apropiaron de ideas ajenas por sorpresa, quizá intentando repetir un éxito del pasado, del pasado cercano, repletando sus películas de fantasmas de corte extemporáneo, de texturas, sonidos y formas que parecen venir de otros sitios y de otros Cines (especialmente lacerante es el caso de “Hanezu” de Naomi Kawase, una autora cuya trayectoria profesional presumía de una personalidad narrativa incontestable). La mayoría, es una constante, hablan de si mismos en todos y cada uno de sus planos, que es lo mismo que han hecho casi siempre. No puede ser menos en un mundo repleto de egos y de servidumbres que, sin embargo, ha permitido un palmarés que por segunda vez consecutiva vuelve a hacer justicia en grado sumo, por ejemplo, retribuyendo a un director que desde hace algunos años consideramos uno de los nuestros, Nicolas Winding Refn, de repente denominado por cierto sector de la prensa más moralista,  no sin inquina, como el mejor cineasta danés vivo, en una ceremonia de clausura que resultó particularmente empapada por las lágrimas (parecían sinceras) de Maïwenn, una joven directora francesa cuya morbosa trayectoria personal comenzaremos a glosar el día que empiece a bajar nuestra audiencia... 

Punto de fuga de agitación emocional, naturalmente a contracorriente en una lacónica ceremonia que siempre va al grano (para envidia de sus epónimos hollywoodienses, muchos de ellos académicos y presentes en suelo francés como parte del selecto Jurado de la Sección Oficial), el premio a “Polisse” de Maïwenn dio paso al reconocimiento público de las interpretaciones de Jean Dujardin y Kirsten Dunst en de “The Artist” y “Melancholia”, respectivamente, y el Gran Premio Especial del Jurado, ex aequo, para “Once Upon a Time in Anatolia” de Nuri Bilge Ceylan (que va a más) y  “Le Gamin au vélo” de los hermanos Dardenne (que van a menos), como paso previo a la premiación, merecida, de la obra cumbre de Terrence Malick, ese tipo tan raro que se niega a promocionar sus películas ante la prensa, o a ofrecer entrevistas autocomplacientes, o a resultar condescendiente con aquél que le paga o invita (y que, además, evita, no sea que le fuercen a  aparecer en una foto). Película total por excelencia, donde todos los planos tienen su sentido y, al mismo tiempo, embriagan tus sentidos, “Tree of Life” de Terrence Malick, resulta una obra brillante, excesiva, rotunda, kubrickiana; una cinta de Autor, así, en mayúsculas, que habla sobre la infancia, la memoria o la sociedad (también en términos absolutos) con una caligrafía formal desbordante (especialmente en lo que refiere al uso del montaje), reflexiva, siempre lúcida; un ejercicio de estilo, de veras, preciso (y muy narrativo, a pesar de lo que digan algunos) que compensó con creces la espera de todo un año o cualquier duda, incluso las dudas que alimentaron aquéllos críticos (por ejemplo, algún redactor del Cahiers du Cinema español) que la abuchearon durante su primer pase de prensa.  

Entremedias, claro, quedó todo un Festival, mucho (y buen) cine, decenas de películas a nuestras espaldas y muchas más anécdotas de las que se pueden contar incluso a estas alturas de la noche; también quedó el recuerdo de una convivencia inolvidable que no sólo ha hecho de nosotros mejores personas, también va a ayudarnos a perfeccionarnos ad infinitum. El resumen de todo ello podrán seguirlo en este medio, al mismo tiempo que sumamos caracteres,  palabras y nuevas ideas acerca de todo lo que vimos, vivimos y sentimos durante estos últimos días, siguiendo esta máxima recurrente que atribuye a Gabriel García Márquez el prólogo de la excesiva “Días de Gracia” de Everardo Gout (que, sin quererlo, terminó convirtiéndose en una de las frases de Festival): “la vida no es como se vive si no como se cuenta”. Y a eso vamos, por si os apetece leerlo. 

J. P. Bango 

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