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Cannes 2010: "The housemaid"

No es tanto The Housemaid (Hanyo) un remake más de la obra epónima de Kim Ki-young Lee, uno de los grandes clásicos del cine coreano en su modalidad atmosférica (y que desde esta tribuna recomendamos sin moderación), sino una reinterpretación en clave postmoderna de todas y cada una de las diatribas argumentales que ya ofrecía y/o insinuaba la no menos moderna (a ratos transgresora) obra original.

Publicado: 25/05/2010

En esta nueva versión se consiguen actualizar las constantes de su predecesora, ampliando el espectro de personajes (que en casi todos los casos funcionan como una extensión de la conciencia de sus protagonistas) y su explicitud narrativa, que también va a incluir una mayor dosis de erotismo. También invierte los caracteres psicológicos de sus protagonistas: la doncella no trata de suplir a la mujer de su amante sino poder disfrutar, a cambio de sexo y sumisión, todo aquello que siempre se atrevió a soñar y que ahora tiene tan cerca. Embarazada de aquel que la da de comer, enfrentada a aquella a cuyos hijos cuida, víctima finalmente de la clase social a la que pertenece, la doncella tendrá que renunciar a su propia alma a cambio de dinero, dando pie a una conclusión fundamentalmente impactante que incluye de forma accesoria, y no parece pertenecer a esta película, una perfomance final cuyas implicaciones emocionales/cinefílicas ya de si por sí justificarían el visionado de toda la cinta.

Im San Soo engalana este relato de celos, deseo, venganza y desamor con lámparas humeantes, salones de diseño, cielos nevados y una escenografía suculenta que hace protagonista y de qué modo, a la casa donde se desarrolla la acción (sin apenas repetir un solo plano, lo cual denota además un indudable mérito expositivo). La ligazón de todo ello nos deja un tragicómico subtexto argumental, a cinco bandas, repleto de desagravios afectivos y de doble moral, de burgueses acomodados y de criados con conciencia de clase, oculto en una película cuyo principal interés se sostiene, de un lado, por la belleza (y perfección) de todos y cada uno de sus planos y, de otro, por su violenta (y nada acomodaticia) conclusión: un puñetazo en el hígado de un estamento social naturalmente acostumbrado a enterrar sus problemas a cambio de billetes verdes y contubernios hipócritas.

J.P. Bango

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