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Cannes 2010: El principio de todo fue una imagen

El principio de todo fue una imagen. Una caterva de curiosos con andares (y mirada) de zombies, vestidos de esmoquin, arremolinados en torno a una tienda cuyas puertas acaban de cerrar por la presencia, en su interior, del famoso de turno; un desfile de oropel y trajes de noche frente a un palacio de congresos donde aún no es de noche ni se avistan los congresos y sí mucho Cine, o eso insinúan sus alfombras rojas, aunque en este contexto tan extravagante a uno le cueste encontrarlo.

Publicado: 24/05/2010

Fiestas privadas de alto standing que presumen de ser fiestas, privadas y de alto standing; yates amarrados a su ombligo que exhiben sus trofeos, al sol, vestidos (es un decir) de naranja-fluorescente; policías que ocultan mendigos para que no estropeen las fotos; turistas que lo parecen veinticuatro horas al día; gorilas esposados a sus móviles luciendo chaqueta lisa y mirada sospechosa; aviones que sobrevuelan las playas promocionando excesos y contratos; hoteles preñados de carteles de películas; rótulos de productoras adornando balcones de suites caras; exhibicionistas con derecho a roce; actores y actrices de tez pálida y apariencia desnortada; pósters de Kevin Sorbo en varios rincones del Marché; muertos vivientes cubanos tratando de labrarse un futuro en la posteridad subvencionados por alguno de nosotros; cazadores de autógrafos pidiendo a gritos poder ver el firmamento; decenas de fanáticos que piden invitaciones a cualquier precio; fotógrafos que pretenden atrapar la intimidad de los famosos, o su alma; algún crítico con cara constreñida y algún otro que se conoce de memoria la salida hacia el baño; vendedores de café, de buen café, con rostros cansados; repartidores de periódicos gratuitos y de otros que deberían serlo; repartidoras de revistas que canjean sonrisas por héroes medievales o príncipes persas; jeques ocultos en sus palacios flotantes; algún comprador que no compra nada; mucha gente empujando por todas partes; otras que empujan con cara de no hacerlo; algún conocido, que de todo hay. ¡Ningún político fuera de los yates! Y crisis, mucha crisis: no hay más que estar atento a los detalles.

Ellos y nosotros luciendo, orgullosos, el mismo icono en el pecho: una acreditación embebida con laureles y colores apagados que sirve para diferenciar el blanco del negro, el torpe del listo; rótulos que tratan de poner orden al desorden; billetes con el reverso dorado; una fila detrás de una fila preeminente; ellos y nosotros pasando controles de seguridad, una y otra vez, otra vez y una, a cambio de dos horas de placer o de decepción, tratando de cerrar un buen acuerdo, descubrir la obra perfecta o el paraíso, intentando encontrarle las vueltas a ese espacio propio que es el gusto de uno, a salvo de lo que digan los demás o de lo que ocurra en el exterior, haga sol o lluvia, junto a las limusinas o los guardaespaldas o los relojes caros o los mecheros caros o las joyas, no menos caras, que engalanan los escaparates al otro lado de La Croissette.

Y en medio de aquel lugar tan repleto de imposturas, sintiéndome pequeño todo el rato, trato —es un deber— de amortizar mi presencia, de encontrarle el sentido a la vida juntando letras, es mi sino, en las hojas blancas de una libreta, roja, cuyos márgenes no tardan en recordarme lo a gusto que me siento. Entonces descifro, éste es el gran secreto, la clave que mueve el mundo, mi mundo. Ahí mismo: viendo, oyendo y sintiendo el Cine, con sus diferentes vestimentas, al lado —no sería lo mismo de otra forma— de quienes más me apetece.

J.P. Bango

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