Septimo Vicio - El cine visto desde otros t iempos

"El beso mortal" ("Kiss me deadly", Robert Aldrich, 1958)

Retrospectiva de El beso mortal - Kiss me deadly (Robert Aldrich, 1958)

Publicado: 31/08/2008

Todavía es uno de los comienzos más inquietantes de la Historia del Cine.

Exterior. Noche. Una mujer corre -descalza y desnuda- sobre una carretera. Intenta detener a varios coches. Sin éxito.

Cada vez más desesperada, opta por cruzarse delante de un vehículo que circula a gran velocidad en sentido contrario.

El temor del que huye es superior al miedo de saberse atropellada…

No han pasado ni tres minutos y ya podemos saborear la tensión y aunque el coche logra evitar a Christina no habremos hecho sino comenzar a sumergirnos en esta espiral de violencia, sadismo, intriga; una auténtica perversión del cine de género y de los géneros. Cine negro crepuscular, 3 perturbador y mítico. Kiss me deadly (El beso mortal) de Robert Aldrich, la “obra maestra de las películas de serie B.

Remember me when I am gone away,
Gone far away into the silent land;
When you can no more hold me by the hand,
Nor I half turn to go yet turning stay

Christina Georgina Rossett
(England, 1830-1894)

El movimiento continuo:

Los pies desnudos sobre al asfalto dejan paso a un par de zapatos que, sigilosos, se dirigen allí donde huele a asesinato. La mayoría de las soluciones visuales presentes en esta película comienzan filmando unos pies. Kiss me deadly nos presenta así una de sus primeras constantes: el movimiento continuo. Nadie permanece quieto durante más de diez segundos. Todos quieren algo y van a por ello. Christina huye en mitad de la noche; los torturadores desean información; Mike Hammer tira del hilo, removiendo la mierda y el pasado, como bien le dice su secretaria y amante, Velda Wickman: “Primero encuentras un hilo. Ese hilo te lleva a un cordón, ese cordón te lleva a una soga…”. “Y con esa soga te cuelgan del cuello”, añade después. Y sus palabras se convierten en una advertencia hacia el Detective si éste sigue buscando cualquier cosa distinta a esa mujer que ahora tiene delante… pero no ve.

De la miopía de Mike Hammer ya hablaremos más adelante… Primero nos detendremos en analizar un argumento de una película cuya estructura se resume en lo siguiente: “Ellos” buscan “algo”. Nadie que vive sabe lo que es. El que lo sabe muere o tiene que esconderse. El que lo persigue no tarda en saber que si lo sigue persiguiendo no tardará en encontrarse con la muerte, ya sea en el maletero de su propio coche, en el fondo de un desfiladero o junto a unas escaleras que van directas al abismo. Todos los personajes buscan algo o a alguien. Y ponen todo su empeño en hacerlo. Algunos su vida. En ninguna película importó menos el qué. Hasta que “el qué” se hacer cargo de la situación y explota. Pero eso es otra historia. Y parece querer pertenecer a otra película, incluso a otro género. Lo único cierto es que Christina ha muerto y ha pedido a Mike Hammer, el hombre que la recogió en mitad de la noche, que la recuerde. “Remember me”, repite, también por carta.

Él y ellas:

Unas piernas contraídas de dolor, unas tenazas que ya hicieron su trabajo y unos chillidos extirpados, directamente, de una película de miedo. Son tres planos que nos muestran a una mujer torturada a los pies de un detective que permanece inconsciente mientras se consuma la confesión. Christina no puede soportar el dolor, y muere. El espectador tiembla. Llevamos menos de diez minutos de película y ni siquiera conocemos a qué se dedica su protagonista, Mike Hammer.

Mike Hammer no se presenta a sí mismo. No le hace falta. Durante todo este segmento introductorio los personajes que aparecen se han dedicado ha juzgarlo. En este sentido, el hallazgo de guión más destacable es aquel que protagonizan aquellos que lo interrogan a la salida del hospital; uno a uno, los Federales van poniéndose en antecedentes respecto al tipo que tienen frente a ellos. Al final el propio Hammer abre la boca: “Está bien, me han convencido. Soy un tipo despreciable. ¿Puedo irme ya?”.

No todos tienen esa opinión de él. Su amigo Nick se refiere a él como Pretty-Pow (y también como Lázaro -que se levantó de su tumba-. No será la última referencia bíblica contenida en esta película).

En realidad Mike Hammer, no es sino un bruto capaz de derribar a un adversario con un solo brazo, inculto y egocéntrico, en palabras de José Luis Guarner: “un materialista burgués, un hedonista que claramente prefiere los descapotables a las mujeres, con las cuales su egoísmo nato le impide comunicarse, siquiera sexualmente”.

Lo mismo le dan las secretarias insatisfechas o las cantantes de jazz de mirada desafiante o las hermanastras de gángsteres ansiosas de conocer a qué saben los detectives o las mujeres fatales travestidas de corderos pusilánimes. La tensión sexual es subyacente pero inconsumable. Todas las mujeres que se acercan a Mike Hammer acaban en sus brazos. Pero no más allá de sus brazos. El sex-appeal (que solo ven los personajes; el carisma de Ralph Meeker –el actor que lo interpreta- es apropiadamente nulo) viene impuesto en el guión de A. I. Bezzerides: el detective no sabe corresponder los afectos hasta que lo tiene todo perdido. Entonces olvida el misterio que persigue y se va en busca de lo que en verdad quiere. Eso de lo que le habla Velda mientras limpia el carmesí que ha dejado en su cuello con una toalla impregnada de saliva, ternura y deseo.

Mike Hammer poco o nada tiene que ver con Phillip Marlowe o cualesquiera de los otros detectives que lo precedieron. A la creación de Spillane le falta empatizar con el público. No tardamos en advertir que no solo es cuestión de falta de empatía. En palabras de Antonio Santamarina4: “La preocupación por obtener beneficio propio de la investigación que lleva a cabo y el desprecio a las normas de cualquier código de conducta que no se funde en su propio egoísmo convierten al protagonista en un participante más de la podredumbre moral del país; impide, además, la existencia de un punto de vista moral que guíe su actuación y lo incapacita para cumplir la función ética de testigo frente a los espectadores.”

Remember me when no more day by day
You tell me of our future that you planned:
Only remember me; you understand
It will be late to counsel then or pray
Christina Georgina Rossetti.
(Fragmento del poema “Remember me”)

Mike Hammer es, como bien lo definen al principio, un tipo que no da, “sólo toma”. Alguien que sólo persigue lo que le motiva. Ya sean vivos a los que seguir el rastro o muertos que imploran porque no se desvanezca su recuerdo en un acantilado trufado de cristales rotos y gabardinas robadas de un hospital psiquiátrico. En el contexto aludido, le interesan más las pistas que los vivos. Y cuando alguien que le importa muere no clama buscando venganza sino que se emborracha con el propósito de olvidarlo para continuar después con su camino, sin servidumbres ni ética. Pero hay cosas que ni siquiera un tipo sin escrúpulos como Mike Hammer puede olvidar…

A medida que se va desarrollando el argumento (y aunque la estructura de guión podría sugerir una repetición continua de situaciones: pista que lleva a personaje, personaje que lleva a pista, y así sucesivamente), el detective va cambiando sus motivaciones; primero tratando de desentrañar el misterio que rodea al asesinato de Christina; después anhelando el dinero que pudiera llevar aparejada la investigación de su muerte (investigación a la que pone precio, en una de las secuencias más cínicas de todas y cuantas conforman este delicioso film) si es que, de veras, consigue desvelar el misterio de la misma; por último, persiguiendo a aquélla a la que desea, aunque esto último comporte enfrentarse al diablo. Nunca el personaje creado por Mickey Spillane se vio en otra igual. En algunas versiones de esta negrísima cinta, ni siquiera logra salvar su cuello.

Ellos y los otros:

Adentrarse en los recovecos de este film no es sino adentrarse en una galería extrañamente poblada de matones sin escrúpulos, empleados de gasolinera de pose irónica, cantantes de ópera fanáticos de Caruso, forenses aficionados al chantaje, agentes secretos que no saben ocultar su condición (menos aún camuflar sus modales), científicos locos huidos de sí mismos, camioneros capaces de atropellar su futuro en un desliz del destino, coleccionistas de arte adictos al sueño, médicos sin filiación alguna con Hipócrates, entrenadores pugilísticos que venderían a su madre para ganar una apuesta, mecánicos griegos con alma de detective. Es difícil encontrar una película en que el secundario no encuentre tanto lugar para el lucimiento como ocurre en El Beso Mortal. Y aquí el personaje de “Va-vavoom” Nick se lleva la palma.


— “¿Qué quiso decir con quizá”

El sonido del miedo:

Christina se sube al coche emitiendo un jadeo in crescendo, “casi orgásmico” (imprescindible el visionado de este segmento en su versión original), que dura todo lo que duran sus títulos de crédito iniciales. Y eso es mucho para un orgasmo. Los personajes se conocen entre sí no por el coche que conducen (como insinúa la propia Christina) sino por la música que escuchan (“Rather have the blues” de Nat “King” Cole) o por los poemas que leen (también en voz alta; en el caso de Mike Hammer porque no podría entenderlo de otro modo). Nick, el mecánico griego se refiere a los coches según su sonido, de ahí su apodo. Cada vez que Mike Hammer acelera su vehículo, Nick recibe de su oído un subidón de adrenalina. “Vava- voom”, dice, “Pretty-Pow”, halaga después al tipo a quien querría parecerse. Y se emociona. “Va-va-Boom” sigue bufando mientras se dirige a un descapotable con dos bombas ocultas en su interior…

El sonido de la calle también se percibe en tres dimensiones. También los golpes que le propinan a Hammer y los que el propio Hammer da. Algunos de ellos amortiguados por el efecto de una retransmisión boxística, simultánea a la propia lucha que el maniatado detective mantiene –en elipsis- con aquellos que le retienen. Las frases no tienen desperdicio “Tiene a McCoy arrinconado, suelta el gancho y…”. Y luego está la caja. La caja que oculta lo que todos buscan. Un misterio cuyo descubrimiento se precede, no por casualidad, de un alarido desgarrador, diríase que infernal, como si de un organismo vivo se tratara. Al George Lucas previo a En busca del Arca Perdida debió gustarle esta idea. En el cine negro nunca el sonido había resultado tan impactante.

Fotografiando el pánico:

Cuando Christina aparece en plano lo hacen primero sus pies, ya lo hemos dicho, huyendo de las tinieblas. Después las luces de los coches la muestran temerosa, en mitad de la noche, en una especie de callejón existencial donde la única salida posible la financia la desesperación. La Oscuridad la persigue hasta el barranco donde van a parar sus huesos torturados. Mike Hammer resucita en un hospital iluminado por la luz de una lámpara y por Velda Wickman, que apenas si aparece rodeada de sombras a lo largo y ancho de una película donde los momentos en que no aparecen las sombras son excepción. Los encuadres torcidos, los contrapicados y la textura expresionista (obra y gracia del gran Ernest Laszlo) nos recuerdan al cine de Orson Welles. El cine negro coquetea con el expresionismo como antes lo hizo el fantástico. En cierto modo, ambos géneros pertenecen a una misma raíz. Ambos buscan seducir al espectador con atmósferas, neblinas y apariencias lúgubres. En esta película la forma se rebela como un secundario de lujo.

Ello:

Yet if you should forget me for a while
And afterwards remember, do not grieve:
For if the darkness and corruption leave
A vestige of the thoughts that once I had,
Better by far you should forget and smile
Than you should remember and be sad.

Christina Georgina Rossetti

La cabeza de la Medusa o la caja de los truenos de Pandora. Ecos de ciencia ficción entremezclados en un relato noir de apariencia gozosa. Nadie sabe lo que hay dentro de la caja. El que menos Mike Hammer y sin embargo se embarca en su búsqueda como si se tratase del mismísimo Vellocino de Oro. El contenido de la caja nunca se manifiesta pero se intuye. Al principio, se trata de un auténtico macguffin (una idea que después recogerán Repo-Man, Pulp Fiction o Ronin), centro de atención de los Federales, de los gángsteres y del propio detective. A medida que el argumento va tomando sustancia, el macguffin (objeto irrelevante al principio) va adquiriendo una entidad más que reveladora. Ya no es causa sino consecuencia. Y la consecuencia es que esta Sodoma metafórica, poblada de tipos sin escrúpulos y poca moral, donde el dinero y a la ambición son los motores que impulsan las voluntades y financian sus perversiones, está a punto de sufrir una hecatombe, literalmente, hasta tal grado que aquel que mire hacia atrás se convertirá en sal, o en un átomo, salvo que llegue al mar (epígono de lugar reparador de ascendencia mística) algún momento antes de que el hongo tome forma, y conciencia.

Es Kiss me, deadly (El Beso Mortal) de Robert Aldrich. Una película fabulosa.

El beso mortal / Kiss me deadly (Robert Aldrich, 1958)

J. P. Bango (http://bango.blogia.com - El cronicón cinéfilo).

tu ta nviejA en 10/10/2012

ES FEO NI ENTIENDO POR Q QUE NO LEI NI MICHI NADA

Luis Gómez en 26/11/2008

El año de realización es 1955 (no 1958).

REFO en 13/09/2008

De principio a fin, es de lo mejor que he leído en tiempo. Muy grande el estudio y muy grande la pedazo de película de Aldrich.

Un abrazo.

David "SéptimoVicio" en 31/08/2008

Acojonante. Sólo te diré que me han dado ganas de programarla en cierto festival...

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