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'Nymphomaniac' de Lars von Trier, una pistola para Joe

El director danés estrena en las salas españolas el segundo volumen de su épica sexual, más oscuro y violento.

Publicado: 31/01/2014

El segundo volumen de 'Nymphomaniac', con fragmentos de cine negro, es un ejercicio transgénero y autorreferencial en el que se conjura toda la filmografía de Lars von Trier. El film cierra la 'trilogía de la angustia', que, al igual que sus antecesoras, pone el punto de mira en la tragedia humana en un viaje hacia el abismo. 'Anticristo' es el dolor del alma; 'Melancholia', la tristeza como estado permanente; y 'Nymphomaniac', que plantea la sexualidad casi como una maldición, es la desesperanza. Estados del ánima que coinciden con los nombres de las 'tres mendigas' (las constelaciones). Un tríptico, que bien podría tener como prólogo a la tempestuosa y bárbara 'Medea', donde la sexualidad femenina, el sufrimiento emocional y la naturaleza como fuerza suprema (que invoca el concepto kantiano de lo sublime) juegan un papel decisivo.

El camino del dolor. El grito de angustia que protagonizaba Stacy Martin en la primera entrega interpretando a la joven Joe, da el relevo a una Joe madura, Charlotte Gainsbourg, que concluirá la rebelión contra el sentimentalismo iniciada por su predecesora. La frustración sexual se apodera de Joe a causa de la imposibilidad de ser saciada por Jerome. Aunque lo ama, el amor la aleja aún más del placer. Con Jerome no siente nada y una depredadora no puede permanecer en una jaula sin consecuencias. Evocando el morbo antropológico de 'Manderlay', la protagonista 'amplia horizontes' con los negros del barrio (un gag cómico por grotesco). Un hecho que la arroja a encuentros con hombres peligrosos. El danés filma con fría objetividad las aventuras y desventuras sadomasoquistas de una mujer fustigada, que en su intento por hallar consuelo recurre a Mr. K (un despiadado y contenido Jamie Bell, que no duda al ofrecer a cada 'paciente' su martirio). Un episodio que narra próximo a la abstracción godardiana, con la intermitencia propia de un relato que alterna discontinuidad, espacios a los que no se dota de contexto y numerosas elipsis.

Pornografía y lenguaje

Cuando se agotan los recursos de la vieja habitación del profesor Seligman, esos pequeños detalles que hasta ahora había utilizado para abrir sus divagaciones, Joe, víctima de la pareidolia, cree ver una pistola en lo que no es sino una mancha de té en la pared. La pistola de James Bond. El sexo es un arma de doble filo que hay que saber manejar. Joe es consciente de su poder. Los negocios sucios son el mejor empleo para una mujer 'mortífera' que acumula conocimiento suficiente como para aterrorizar a miserables y tramposos. Despertando con éxito temores ancestrales en los hombres que se cruzan en su camino, se abre hueco en los bajos fondos. Una fotografía más sucia y granulada acompaña a la ninfómana mientras despliega sus artes 'noir'.

Con la ayuda de un inmoral William Dafoe, en el papel de mafioso y 'estratega conductista', la chica, tendiendo puentes con la Grace justiciera y vengativa de 'Dogville' y 'Manderlay', se consagra como una gángster excepcional, que aplica todo tipo recursos intimidatorios para la consecución de sus propósitos. Por si alguien lo dudaba, Lars von Trier siempre fue punk: para la galería queda la imagen de Joe prendiendo fuego a un coche mientras suena 'Burning down the house' de Talking Heads. Como todo buen 'empresario', Mr P se preocupa del futuro de su 'hacienda' y toma la iniciativa al respecto, de modo que persuade a Joe para que eduque a una digna sucesora, Mia Goth, que con un gran potencial promete superar a su mentora.

Pese a la reticencia inicial, Joe se dispone a realizar su cometido. La chica L, tan joven como impulsiva, termina siendo el mejor reflejo de su esforzada profesora. A medida que pasa el tiempo, la mujer se encariña más y más con la niña. De tal forma que la pequeña despierta su instinto maternal, tanto que comienza a repetir comportamientos heredados de la madre (como “el estúpido juego de cartas”). Aunque ahora se lo dedique a su pupila, la Charlotte de 'Nymphomaniac' insiste en el gesto cariñoso que ella misma exhibía en 'Melancholia' al dejarle a su hermana un bombón sobre la almohada. Sin embargo, sus deberes para con su hijo biológico (el hilarante guiño a 'Anticristo' demuestra que el danés atesora un gran sentido del humor), fruto de un parto a la altura de 'The Kingdom' (en una escena propia del horror gótico), se limitan a un ingreso bancario.

A juicio de Mr. Seligman (y siguiendo al hilo de las teorías freudianas que quedaban expuestas en el primer volumen y continúan en el segundo), Joe presentaba en su infancia los rasgos de 'una perversidad polimórfica', “algo normal durante la niñez que tiende a desaparecer”, aunque su desarrollo psicosexual no ha evolucionado correctamente. La validez de cualquier objeto que pueda proporcionar placer y sus impulsos libidinales fuera de foco (incluidos los incestuosos) son un reto para Joe cuando decide librarse de su sexualidad aislándose en su apartamento. La ninfómana busca gratificación sexual donde quiera que se atisbe, al margen de lo socialmente aceptado. Cuando cree que ha retirado de su vista todo aquéllo que puede provocar a la felina que lleva dentro, se topa, a través de las hojas de árboles que guarda en un cuaderno, con el recuerdo del padre. Fin del intento voluntario de 'rehabilitación'. El bosque, el ritmo interno del fresno, las hayas o los robles despiertan un ardor incontrolable en la ninfómana.

Disgresión: La ramera de Babilonia

Flanqueada por Mesalina y 'la ramera de Babilonia', Joe experimenta un orgasmo espontáneo a los doce años para no volver a sentir nada parecido. La 'mesalina' más célebre del Imperio romano, tan caprichosa como cruel, cuyas infidelidades a su esposo, el emperador Claudio, sacudieron Roma. Su ninfomanía la llevó a retar a prostitutas legendarias obteniendo solamente victorias. Una de las imágenes más misteriosas descritas en el libro del Apocalipsis, la mayor de la putas: “una mujer vestida de escarlata y púrpura que cabalga a lomos del Anticristo... con la que fornicaron los reyes de la tierra”. Ambas darán pistas sobre el destino de una heroína trágica condenada al sufrimiento a causa de su insaciable sexualidad. En una composición blasfema, la joven 'ninfa' alcanza el éxtasis bajo la mirada de las meretrices más lascivas de la historia.

Con la expresión 'la ramera de Babilonia', algunos estudiosos han entendido que los textos sagrados se referían a la ciudad de Jerusalén (que se corrompió por “la influencia de los pueblos paganos”). Mientras que otros exégetas opinan que la mujer descrita en este pasaje bíblico podría hacer alusión a la hechicera Lilith ('Isthar'), de ascendencia sumeria, que fue introducida posteriormente en la mitología hebrea por mediación de algunos judíos exiliados en Babilonia. Emparentado lo femenino con fuerzas oscuras, esta divinidad mesopotámica encarna el poder de seducción, la furia y la destrucción. Cualidades que no le faltan a la Joe adulta, que carece de sentimiento de culpa y se opone a vivir como una mujer convencional en un mundo ordinario. Para la psicología moderna, Lilith encabeza una batalla permanente con el varón. Es estandarte de la mujer emancipada, que se niega a engendrar y no se somete a los criterios masculinos. Una especie de 'femme fatale', identificada como una bruja, que puede otorgar placer extremo a su compañero o ahogarlo en su rabia. Todo un símbolo para determinadas corrientes feministas.

Un espíritu libre. Lilith (anterior a Eva) fue la compañera primigenia de Adán, que abandonó el Paraíso por voluntad propia para entregarse a la lujuria (según la literatura rabínica). Decidiendo sobre su placer y sexualidad, prefirió yacer con demonios en el Mar Rojo antes que soportar el patriarcado impuesto por el primer hombre. Como castigo, dios mató a todas sus hijas 'lilim' (fruto de relaciones con criaturas bestiales, todas tenían una tara, ¿caso de la malformación en la oreja de L?). El folklore judío advierte que, desde entonces, esta 'demonio- hembra' acecha a los niños en sus cunas e intenta vengarse matando a los menores de ocho días incircuncisos. ¿Es la presencia que merodea a la descendencia de la Gainsbourg en la obra de Trier? Al igual que Lilith, Joe lucha por una sexualidad ambigua y diferente. Ella no se puede adaptar al mundo, solo a sí misma. Rebelándose, si es necesario, contra su psicóloga por imponer su 'sucio moralismo' como ejemplo de una normatividad sexual.

En versión expresionista y como icono revolucionario, Fritz Lang también escenificó en 'Metrópolis' a 'la prostituta a horcajadas', cuando en 'el barrio del placer' María se convierte en una Isthar que domina el ocultismo y arenga a las masas. Los prerrafaelistas (John Everett Millais o Danto Gabriel Rossetti), recreándose en la espiritualidad y el misticismo, sucumbieron a los encantos de 'Lady Lilith', que, junto a las 'ophelias' (tan del gusto de Trier, véase 'Melancolía'), forman parte de un arte tan sensual como simbólico. Rossetti atribuyó un espejo a su Lilith, ya que, conforme a leyendas medievales, la diosa habitaba en ellos para tentación de jovencitas. Tal vez, la ninfómana ya intuía una 'presencia' en el capítulo 'El espejo' .

Tragedias, comedias y cosas que revientan. Joe, a modo de Isthar, es un emblema de cierta iconografía de 'femme fatale': una mujer insubordinada, castradora y anticonceptiva que carga con el insoportable peso de la cultura y la historia. Una bomba que tarde o pronto tenía que estallar. Porque quizás se puede perdonar a muchos hombres, pero no a Mr. Seligman.

María José López


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