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Tales of the night

“Les contes de la nuit 3D” surge de una necesidad intrínseca por narrar historias, historias como las de antes, con formas refinadas y atractivas, alentando no tanto a la condescendencia del espectador, por tener que imaginar como reales paisajes y personajes eminentemente figurados, como a su placer estético.

Publicado: 30/05/2011

Este modo de contar historias va a tener, de forma añadida, un componente singularmente constructivo para todos y cuantos elementos intervienen en dicha comunicación: para el emisor acaba siéndolo porque puede controlar, ad hoc, todo el proceso creativo de su obra, lo que, en último término, le va a permitir dotar de estilo y personalidad (reconocible) a su resultado final; para el receptor, su solo visionado ya va a comportarle una indudable satisfacción, que emana de la contemplación y disfrute de la belleza de la pieza.  En el caso concreto que nos ocupa, el espectador va a quedar prontamente embelesado por los paisajes tridimensionales, por la profundidad de campo, por los fondos coloreados que contrastan las figuras opacas, por el ritmo desaforado con que se presenta la narración, por la utilización épica del sonido y el montaje, por el carácter prosaico que proyecta la voz en off que engalana todo el relato, por el protagonismo de unas sombras chinescas que, dibujadas sobre celuloide, son capaces de dotar de vida a una amplia gama de personajes, matices, vestuario, paisajes o contextos. 

El cuento feérico,  entendido como marco conceptual, lejos de definir la película desde una perspectiva subgenérica y, por tanto, limitada en cuanto a temáticas y estructura,  le va a permitir a  Michel Ocelot expresarse con plena libertad; haciendo uso de los tópicos de un cuento de hadas, el animador francés puede contar lo que quiera, proyectar el mensaje que quiera, introducir la moraleja que quiera, incluso presentarla de un modo más o menos subrepticia, y hacerlo, además, utilizando herramientas que resulten agradables a un amplio número de espectadores; como género de indudable ascendencia clásica,  mezcla entre la narrativa oral y el teatro de sombras, el cuento de hadas así representado va a fascinar al espectador per se (es una cualidad que acompaña a este tipo de relatos desde tiempos inmemoriales y va directamente ligado a su naturaleza), gracias a esa constante mezcla de historias legendarias o fabulosas, de caballeros y princesas, de hechizos castradores y de pócimas mágicas, de animales que hablan y de serpientes gigantes que surgen desde el mismísimo averno,  de reyes tiránicos y de pasadizos secretos habitados por bestias que hay que desencantar, mientras siembra  los márgenes de sus cuentos con enseñanzas, lecciones y otras moralejas que tienen en los valores humanos un leitmotiv recurrente del que poder alimentarse de forma subsidiaria. El cine de animación, en este contexto tan dogmático y afable, se postula como un medio de comunicación especialmente habilitado para la narración fabulosa, atestada de metáforas y de historias alegóricas, capaces de llegar al corazón mismo de un amplio espectro poblacional. En manos de Ocelot se convierte, a su vez, en objeto artístico y en herramienta artesana. “Les contes de la nuit 3D” no es una excepción.

Esa capacidad para evocar historias que acoge el subgénero feérico por definición, tiene su propia correlación lingüística en el medio cinéfilo. En este sentido, el nexo que une a las fábulas que propone Ocelot en su película, no puede ser más evocador: cuando cae la noche, un hombre mayor y dos jóvenes aprendices preparan el contexto, la ropa, los peinados y algún detalle de un argumento, que apenas si esbozan mediante pinceladas,  e imaginan lo que podían dar de sí una historia así ambientada si fueran ellos mismos quienes pudieran protagonizarla. El proceso de creación se define, entonces, a partir de algún detalle de atrezzo o de guión o de ambientación,  ideando el ecosistema donde va a tener lugar el cuento o, yendo más allá, imaginándose bajo la piel (figurada) de quienes van a ser sus protagonistas, ya sean mozos de cuadra que no han mentido jamás o princesas enclaustradas en sus torres por la ira de un temible mago. De tal modo participan del proceso de creación que, incluso, se atreven a sojuzgar el propio andamiaje argumental antes de interpretar la historia, cuestionando alguno de los atributos o de los caracteres que definen a unos u otros personajes, considerando al propio relato como anacrónico o fuera de lugar, cuando no singularmente arquetípico; si bien siempre dejan la oportunidad para que sea el propio espectador quien reciba, disfrute  y juzgue la historia, no en vano, el propósito inicial que oculta la estructura argumental que propone Ocelot.  

“Les contes de la nuit 3D”se nutre de seis cuentos de hadas de diferentes duraciones y predicamentos: “Le loup garou“, versa sobre un joven soldado, atrapado entre el amor de dos hermanas, a la sazón princesas, víctima de una imprecación que lo transforma en lobo o en hombre, en función de qué luna presida cada noche, violentado por una dicotomía de la que solo puede escapar, según parece, cuando una de ellas le exprese el límite de su verdadero amor en la peor de las situaciones posibles. "Ti Jean et la belle sans connaître", nos adentra en el subsuelo de una isla caribeña, preñada de almas errantes, animales fabulosos y princesas en edad casamentera, adónde va a parar un joven vagabundo, optimista y valeroso, capaz de enfrentarse a no pocos peligros no tanto para obtener aquéllas nupcias que le prometen si es que sale victorioso de todas y cada una de las pruebas a las que le somete un malvado Rey, como regresar a casa, una vez haya demostrado su valor, al abrigo de aquéllos a los que realmente ama; “L'élue de la ville d'Or“, la más dramática y política de las historias que propone Ocelot en su compilación, nos plantea un cuento de inspiración precolombina, acerca de una joven condenada a sacrificarse por un pueblo que prioriza sus ornamentos dorados a la propia libertad de los ciudadanos que habitan la metrópoli que da título al relato. En “Garçon Tam Tam“, un joven displicente, adicto a la percusión y a las danzas tribales, se convida a salvar a su pueblo con la sola arma de la música que brota de un tambor que cree mágico; desconociendo, y es su enseñanza, que de todos y de cada uno de los hombres que habitan la tribu emana ese poder prodigioso capaz de evitar cualquier contienda. En “Le garçon qui ne mentait jamais “, un cuento ambientado en el Tibet,  dos reyes apuestan para que un joven, cuyo principal rasgo de carácter es no haber mentido jamás,  lo haga bajo la influencia de la hija de uno de ellos; una prueba que no solo pondrá en riesgo la honradez de su corazón, sino la de aquéllos que lo acompañan y quieren, especialmente la de un caballo capaz de sacrificarse para que aquél que lo cuida mantenga intacto el valor de su palabra. Por último, “ La fille-biche et le fils de l'architecte”, es un relato que retoma la prosa y los tópicos del cuento de hadas propiamente dicho, con princesas cautivas en torres altas, hechizos de apariencia invencibles, artesanos valerosos capaces de escalar no pocas cimas para conquistar aquello que quieren, transformaciones físicas con final sorpresa... También es el relato en la que mayor brilla su carga tridimensional, no en vano, es el único, de todos y cuantos componen la película, creado ex profeso para la misma.  

El teatro de sombras que sirve de base para este modo  de entender el cine animado, adquiere en su vertiente 3D una mayor sensación de profundidad; los fondos, coloristas, generados por ordenador, contrastan con las siluetas de los personajes, aquí representadas en color negro (en términos de identificación, entonces, cualquiera de nosotros podía ser uno de ellos). Un solo detalle animado (un adorno en un vestido, un tocador en el pelo, un peinado) sirve para revestir todo un contexto histórico y ambiental. No es un asunto menor en una película que se nutre de varios relatos que hunden sus raíces en la multiculturalidad, proyectando un mensaje global que es, en esencia, humanista, en tanto los valores que propugna lo sigue siendo en cualquier sociedad o cultura, por muy exótica y lejana que ésta se nos presente. 

Y es que la magia del Cine rara vez lo ha parecido tanto como en esta película protagonizada por princesas capaces de amar a un lobo antes de traicionar los designios de su corazón, de jóvenes errabundos con la personalidad suficiente como para plantarle cara a su destino, de doncellas vírgenes a punto de ser deglutidas por un dragón, de jerarcas vehementes solidificados en su poltrona de oro, de un caballo honesto dispuesto a canjear su corazón para salvar la palabra de aquel que lo cuida y cepilla, de aprendices de arquitectos que se embarcan hacia lo desconocido con tal de revertir la maldición que hechiza a quien más ama. Arquetipos y paisajes pintados en un plano tridimensional, que nunca dejan de lado su carácter artesano, servido a un espectador (pre)dispuesto a dejarse atrapar en un teatro, preñado de sombras y de actos valerosos, siempre con la imaginación y el buen gusto (estético) como inequívoco nutriente conceptual. Acaso, ¿no era eso el Cine en sus comienzos? 

J. P. Bango 

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