Septimo Vicio - El cine visto desde otros t iempos

Cannes Reviews (2)

Segunda entrega de las mini-reseñas que dedicamos a algunos títulos significativos de la programación del Festival de Cannes. En esta ocasión, un largometraje de la sección Una Cierta Mirada ("Miss Bala"), tres de la Quincena de los Realizadores ("En ville", "La fin du silence", "El velador") y dos del Marché du Film ("Kill list", "The Ugly Ducking").

Publicado: 27/06/2011

MISS BALA (Gerardo Naranjo, México)

Ejercicio de estilo, precisión y acción a la mayor gloria del talento expositivo de su director, Gerardo Naranjo, cuyo trabajo y pulso narrativo reivindicamos desde este mismo momento, “Miss Bala” se revela como una agradable anomalía dentro del tradicionalmente estereotipado relato de frontera mexicano, singularizado en la relación que une a una joven aspirante a convertirse en Miss Baja California, y a un narcotraficante arribista que la acoge bajo su protección, naturalmente en contra de la voluntad de aquélla. Mientras los deseos y ambiciones de la protagonista tratan de abrirse paso en un contexto social continuamente mancillado por la corrupción, la violencia y el narcotráfico, la realidad le va trazando un camino opuesto, saboteado por las circunstancias,  opacando su perspectiva vital hasta convertirla en inexorable; y es que a medida que la joven va introduciéndose en aquél submundo, oscuro y abyecto, menores son las posibilidades de que pueda escabullirse de él, quedando finalmente atrapada en una espiral de incertidumbre y violencia que pondrá en riesgo no ya su propia salubridad, sino también la de su entorno. Intransigente pero arquetípica desde un punto de vista argumental, poseedora además de un final dilatado en exceso, Miss Bala logra alcanzar la excelencia, sin embargo, en el plano técnico, gracias a una impagable colección de planos-secuencias  (abrumadoramente portentosos), una fotografía afanosa (y deslumbrante), y unas interpretaciones singularmente destacables (sobre todo Stephanie Sigman, que soporta sobre sus hombros  y busto el peso dramático de todo el film).  Es, en fin, una representante más que digna en el cada vez más sofisticado cine actual mexicano que anticipa una “nueva ola” autoral de robustez incontestable (y a la que también podrían adscribirse la violenta “Días de Gracia” de Everardo Valerio Gout o la turbia “Somos lo que hay” Jorge Michel Grau, entre otras) al mismo tiempo que ofrece una particular radiografía (deseamos que hiperbolizada) de la realidad social mexicana. Mientras esto ocurre, ya podemos aventurar que Alfonso Cuarón ha encontrado sustituto. J.P. Bango

LA FIN DU SILENCE (Roland Edzard, Francia / Austria)

Otra vuelta de tuerca a la pugna irresoluta entre progenitores y herederos (uno de los hot topics de la temporada como relevo del cine de la crisis que distinguió el discurso autoral del pasado ejercicio). Co-producción franco-austríaca, “La fin du silence” constituye, tras cuatro cortometrajes de porte austero y conclusión afilada, la ópera prima de Roland Edzard; una suerte de thriller rural, arisco y brumoso, singularmente impersonal y vacilante en sus intenciones últimas, plagado de interludios auditivos y fragmentos etéreos, que se desliza, no sin dificultad, por los márgenes de territorios fronterizos, bajo el peso del western agreste de sensibilidad contemporánea y la tragedia soterrada relativa a la ineluctabilidad del destino. ¿Una panorámica del trance que conlleva el aislamiento del individuo que se desliga de la manada en cuanto garante de sentido y legalidad? ¿Una crónica de la descomposición de un núcleo familiar como consecuencia del odio y los lazos adulterados? ¿Un lienzo impresionista consagrado a la irreductibilidad del salvaje? ¿Un relato de terror que confronta criaturas sitiadas y amenazas en la sombra? Un escabroso episodio doméstico, siempre sugerido, nunca manifiesto categóricamente (esa rotura a la que alude el título de la película), es la equívoca fuerza motriz que nos permite, en última instancia, dilucidar la naturaleza de la conducta violenta y furibunda de Jean, el hijo menor del clan Klein. Un joven huraño e impetuoso, alentado exclusivamente por el consumo de tabaco y la rima acerada del hip hop (un desangelado retrato de la pubertad no exento de tópicos), que, tras una trifulca matinal de consecuencias imprevisibles, y respaldado por el confuso cobijo fraternal que le brinda un matrimonio vecino, se desvanece, como un depredador, en la espesura del bosque, armado con un rifle y cegado por un propósito desafiante. La trama mínima que edifica el debut de Edzard, arropada con un envoltorio funesto y contextualizada en un marco de adversidad (significativo el inquietante papel protagónico de la flora, la lluvia y la niebla), exhibe sin dilación (apenas 78 minutos de metraje) los engranajes de su tesis mientras encadena coacción cotidiana, privación sexual y disolución de un ideal identitario de ascendencia tradicional, justo hasta su forzoso término, finalmente, una moraleja que alega peligro cuando irrumpe en escena un animal (anímicamente) herido. David López

KILL LIST (Ben Wheatley, Reino Unido)

Drama doméstico trufado de efluvios paranoicos, thriller de acción cimbreante (repleto de estilemas formales directamente heredados del cine de Guy Ritchie y Matthew Vaughn),  y retazos de cierto cine de terror de los setenta influenciado por liturgias paganas (con “The Wicker Man” como ineludible referente), unas partes de otras convenientemente separadas entre sí, como si de compartimentos estancos se tratara, definen el grueso argumental de Kill List, la segunda película de Ben Wheatley (tras Down Terrace),  y también la más interesante. Sustentada por la inquietante presencia (y mirada) de Neil Maskell, particularmente (compro)metido en su personaje, un ex-militar sin empleo que bien podría ser  un padre de familia afectuoso, un asesino a sueldo o un encarnizado justiciero, según las circunstancias,  Kill List basa toda su fortaleza en su mixtura genérica, en los consiguientes giros argumentales de los que presume la narración, y en su decidida voluntad por realizar de ese conglomerado de referencias variopintas de las que se alimenta, un producto original además de sinérgico. Ninguno de los tres segmentos que conforman la película, empero, logra trascender más que someramente su propia significación sub-genérica, quedándose como una obra episódica (aunque no pretenda serlo), a ratos olvidable (pese a sus numerosos aciertos rítmicos), parcialmente fallida, pero también como una eficaz muestra de este nuevo cine de terror y acción británico singularmente ninguneado por la crítica (de forma contraria a lo que ocurre en tierras francesas, con un inexcusable sentido de la oportunidad), siempre funcional y briosa; un cóctel explosivo,  además de lúdico, en forma de película compartimentada que revela sus mejores bazas en un tramo final desposeído de diálogos, reglas y  mesura (twist último incluido). J.P. Bango

EL VELADOR (Natalia Almada, México / Estados Unidos)

Aquel espíritu de perseverancia y lucha que abanderaba la afanosa comunidad de Willets Point frente a la rentabilización insaciable del paisaje urbano neoyorkino en la entrañable “Foreign Parts”, parece reverberar en el corazón de Martín, centinela y cuidador de El Jardín, una fantasmagórica necrópolis enclavada en la región de Culiacán, una zona de guerra, asolada por el horror de los carteles de la droga, en la que se da cobijo y sepultura a víctimas y verdugos. “El velador”, tercer largometraje documental de Natalia Almada, apadrinado por el Sundance Institute y la prestigiosa Jan Urijman Fund (todo un referente en la producción y distribución del cine de lo real), evita, en todo momento, ahogarse en los tics y las miserias del reportaje de investigación, una filosofía primera ya razonada en el meritorio fresco fronterizo “Al otro lado”. No ficción de sobrecogedor y mustio calado lírico, aborrece cualquier tipo de información directa (textual o no), respaldada por su diligente exigencia de no mostrar ni juzgar con panfletos sensacionalistas, de optar por el testimonio silencioso antes que por la cruda denuncia, por el gesto metafórico (las mariposas, los cirios en la penumbra, el poso dramático de su última escena) en detrimento de la carnalidad del miedo. Así, decantándose por el carácter silente de tomas largas y estáticas o la insondable vehemencia de los primeros planos, por la iluminación vespertina y la ausencia sistemática de interlocutores, la mexicana, empecinada en evidenciar la violencia sin violencia, bosqueja sutilmente los meandros de este desapacible microcosmos y describe sin diálogos la realidad de lo que otros denominan daños colaterales, mientras las grabaciones de audio nos sitúan en la consumación del estado de derecho: pomposos mausoleos, prototípicos del sincretismo cultural, cuya envergadura rubrica la autoridad de los difuntos, antiguos caudillos de la jerarquía mafiosa; enormes murales, colmados de fotografías de jóvenes con nombre y apellidos, que evocan la fugacidad de la vida en territorio hostil; obreros que, asumiendo con resignación y sentido mecánico su responsabilidad consuetudinaria, se aferran al presente, conscientes de que mañana alguna de aquellas tumbas podría ser su morada perpetua; noches eternas en las que intimida el rumor distante de la última balasera; niños candorosos y perros abandonados que retozan en los velatorios; melodías de Jalisco que perduran en la memoria, familias que lloran fuera de campo y vendedores ambulantes que resisten las embestidas de la existencia gracias al dolor ajeno. Como si el tiempo quedase momentáneamente suspendido, extraño a la corrupción institucionalizada y las ejecuciones extrajudiciales que detallan sin rubor los medios de comunicación, este cementerio, ubicado en las entrañas del mismo infierno y retratado con tanta modestia como consideración, no es sino otro síntoma de un sistema enfermo parapetado a conveniencia de criminales sin reparos y políticos que disfrutan de su poltrona mientras los muertos se convierten en variantes cuantitativas de estadísticas que hielan la sangre. Una propuesta humilde, sin alardes, tal vez ensimismada en su idiosincrática vocación de ser para todos y para nadie, pero concienzudamente concluyente. David López

EN VILLE (Valerie Mréjen y Bertrand Schefer, Francia)

Un grupúsculo de adolescentes del extrarradio de una pequeña ciudad costera francesa elucubran conclusiones filosóficas acerca de la vida, la existencia o la revolución (mejor dicho, de la ausencia de la misma), mientras dejan atrapar sus rostros (cariacontecidos, solo aparentemente ocupados en cambiar el estado de las cosas) y miradas por un fotógrafo de pose desnortada y actitud contemplativa, sumido en una crisis existencial (un carácter de lo más contagioso en según qué contextos cinematográficos) que parece imparable…  Tardo-nouvelle-vague, preñada de formas amaneradas (y afrancesadas),  resuelta con cierta desidia narrativa por parte del filósofo Bertrand Schefer y de la escritora (y ocasional videoartista) Valerie Mréjen (para ambos representa su ópera prima en formato largo), En Ville perfecciona el resto de su metraje con diálogos pretenciosos, personajes absurdos (o, directamente, prescindibles: la mujer del fotógrafo, la amiga de la protagonista, etc.) y paisajes industriales fotografiados de manera prototípica; también de un trío de actores protagonistas substancialmente inhábiles (en especial, Lola Creton) en su faceta interpretativa, con la sola intención no tanto de capturar el momento en el que una adolescente en edad de dejar de serlo se encuentra de bruces con el mundo de los adultos, como completar una duración estandarizada que les permita competir en algún que otro festival de renombre sin la etiqueta corta. Trivial y estereotipada hasta el hartazgo (su retrato de la crisis adolescente es poco menos que hilarante en la mayoría de los pasajes), resulta no sólo la peor película de todas y cuántas vimos en la pasada edición de Cannes, también la más estomagante y pretenciosa. Un fiasco incontestable. J.P. Bango

THE UGLY DUCKING (Garri Bardin, Rusia)

Extraordinario largometraje de animación urdido, con gran paciencia, por el genial cineasta ruso Garri Bardin (ganador de la Palma de Oro en Cannes en 1988 por Vykrutasy, pura delicatessen animada protagonizada por un rollo de alambre con facultades omnipotentes), que toma como sustento argumental el cuento epónimo de Hans Christian Andersen, por un lado, y los ballets “El Cascanueces” y “El lago de los cisnes” de Tchaikovski, por otro, siguiendo la línea estilosa (mezcla entre animación stop motion y cine musical, con ropajes infantiles pero sofisticada puesta en escena)  esgrimida ya con anterioridad, con gran acierto, en “Grey wolf and little red riding Hood” en 1990, una sátira político-musical en formato clay-motion que utilizaba como excusa contextual el cuento de Perrault, “Caperucita Roja”. Barrin se enfrenta a esta obra, la más larga en cuanto a duración de toda su carrera,  en plena madurez como autor (tras el éxito de su trilogía "Chucha"),  sabiéndose capaz de dar vida a cualquier  utensilio o personaje, por muy esquemático (o insustancial) que éste se presente.  The Ugly Ducking se puebla, así, de gallos que se hacen, literalmente, “caquita” cuando un zorro cuestiona su autoridad delante del resto de los suyos y de otras aves de corral, todas investidas de una personalidad arrolladora: faisanes que ejercen de maestros de ceremonias, urogallos animados con trazos despóticos, gallinas ponedoras sin voluntad alguna como para dejar de serlo, gansos que aleccionan a sus imberbes polluelos sobre la necesidad existencial de ir paso a paso en su período de aprendizaje,  patos en continua competencia consigo mismos y un pequeño cisne, feo y torpe, sobre todo en territorios cercados, subsumido en un ambiente que parece no pertenecerle, miembro de una familia adoptiva que no solo no lo reconoce como tal sino que además lo cuestiona y repudia públicamente (el momento en que el huevo pasa a formar parte de la “familia” es singularmente hilarante), incluso cuando se apresta a salvarlos de las amenazas externas que acechan al corral.  Unos y otros dan empaque y (no poca) solidez (melo)dramática a una obra embebida de sensibilidad, emotividad y ternura (y también de crueldad, no queda otro remedio), a partes iguales, que saca al trasluz lo mejor de una filmografía habitualmente preñada de trazos delicados y soluciones artísticas portentosas (también es éste el caso). La perfecta sincronización entre el movimiento de la cámara, los propios personajes y el score musical que reviste la película (algo que ya anticipa en su cortometraje “Adagio” en el año 2000) se convierte en el principal estímulo de una narración articulada en torno a la importancia que adquieren los gestos o los detalles y en  la que el punto de vista del espectador lo representa una lombriz de tierra que, desde las trincheras, ejerce de testigo de todo y cuanto acontece en el corral. Temáticamente ofrece un retrato particularmente siniestro de la exclusión social y la no pertenencia (ya presente en el original de Andersen) a un colectivo. Desde el punto de vista alegórico, además (y no es poco en un producto aparentemente concebido para un mercado infantil), enfrenta el carácter sumiso y marcial (izamiento de la bandera comunitaria, marchas militares, período de instrucción para los más jóvenes, etc) que define la cotidianidad de los habitantes del gallinero, exégetas de un viejo orden recalcitrante, con la libertad, no exenta de riesgos, que promete el mundo exterior, más aún cuando uno se sabe rodeado de los suyos.   En el recuerdo deja dos de las elipsis más bellas y mejor ejecutadas del cine de animación contempóraneo (ambas relacionadas con la metamorfosis que sufre el protagonista), una colección de himnos (y coreografías) recurrentes (más que tronchanes resultan los que acompañan el diario izamiento de la bandera) y un trabajo artesano  virtuoso por parte del equipo técnico de una película que parece no pertenecer a esta época, tales son los riesgos narrativos que asume, la brillantez estética última con que se presenta su resultado. Es, en fin, una gozosa filigrana rodada en stop-motion concebida para paladares exquisitos; si has llegado hasta aquí, también es el tuyo. J.P. Bango

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