Septimo Vicio - El cine visto desde otros t iempos

La horde

Indisimulado refrito (por este orden) de Asalto en la Comisaría del distrito 13, La noche de los muertos vivientes, Vinieron de dentro de... y Resident Evil (algunas de las cuales representantes del mejor y más renovador cine de género en cualquiera de sus modalidades), La horde simboliza un nuevo intento por vertebrar, dentro del potente (y cada vez más ruidoso) cine francés de género (tras la irregular pero no exenta de interés, Mutants, estrenada en nuestro país durante la pasada edición del FIJR en Granada), una historia de zombies (o infectados); un subgénero modal de naturaleza irreductible que además de reservarse un gozoso cupo para la acción adrenalínica también acostumbra a dejar espacio (entre líneas y no mucho, no se vaya a escandalizar el espectador más influenciable) para la metáfora y la alegoría social.

Publicado: 25/06/2010

No resulta una excepción de este modo de entender las cosas (y el subgénero), el debut en la dirección de los jóvenes Yannick Dahan y Benjamin Rocher, que parte de una premisa de lo más atractiva, protagonizada por una caterva de policías hambrientos de odio y venganza que pretenden asesinar a toda la banda criminal que, presuntamente, acabó con la vida de uno de sus compañeros (seguramente el líder, dado lo torpemente que se desenvuelven quienes quedaron con vida). En el justo momento en que el batallón de castigo comienza su ataque, en un edificio situado a las afueras de París, se ven sorprendidos por la embestida de una no menos ávida horda de muertos vivientes, de procedencia dudosa, que les obliga no tanto a reequilibrar sus fuerzas -ya bastante debilitadas de por sí debido al fracaso de su fallida acometida- como a unirse con aquellos a los que atacaban si es que desean seguir con vida.

A partir de entonces, La Horde se perturba de todos y cuantos vicios acumula el género en su versión más previsible: personajes prototípicos armados hasta los dientes de pistolas, ira y cinismo; dramas moralistas de perfil bajo (y que, en cierta medida, pretenden justificar emocionalmente su abrupto –y no menos previsible- final) y una incesante dosis de carnaza hemoglobínica que alcanza un discutible cenit, machete en ristre, sobre el techo de un coche. Cada nuevo nivel que alcanza en su descenso el grupo, nuevo es el reto que tiene que superar. En este sentido, y como si se tratara de un videojuego, la estructura avanza hacia su clímax con un objetivo preclaro (salir del edificio de marras) después de haberse librado de todos los obstáculos de la manera más violenta posible (y salpicando, de paso, toneladas de sangre y vísceras), negándose a aprovechar la que, sin duda es, la vertiente más gozosa que oculta el argumento: su potencialidad claustrofóbica. Y es que no hay que olvidar que los protagonistas están ubicados en el último piso de un edificio de las afueras, acaban de cerrar un acuerdo de conveniencia con sus enemigos más acérrimos, y se saben rodeados de una manada de muertos vivientes ansiosos por devorar toda la carne que se ponga en el camino. Entre medias, y mientras el grupo se va descomponiendo por la acción de las balas, los dientes y las rencillas personales, se permiten sus guionistas una licencia de carácter cómica personificada en un veterano de Guerra, de Indochina (nada menos), contrapunto humorístico (y no exento de comicidad como bien sabrá valorar la platea) al resto de angustias que parecen asolar al resto de los personajes.

Le horde es, en fin, una cinta ruidosa, sanguinolenta, estereotipada, finalmente olvidable; un divertimento de usar y tirar, cercenado en su misma raíz de alguno de sus epítomes más apetecibles (claustrofobia, terror, alegoría social), una mezcla de cine acción y drama policiaco disfrazado de cine de zombies, que da justamente, y en poco más de hora y media, todo aquello que promete: una indisimulada orgía de violencia, cinefagia, cabezas amputadas y venganza.


J.P. Bango


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