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Le Havre

Dentro de la ingente camada de cineastas dispuestos a autorreferirse continuamente (una buena muestra de ellos hicieron su aparición durante la pasada edición de Cannes), quizá sea Aki Kaurismaki el que mayor grado de complicidad haya logrado obtener de la crítica (y de parte del público) desde hace varios lustros, y eso a pesar de que el paso del tiempo bien podría haber dañado un modo de entender la cinematografía particularmente trufado de anacronismos (bohemios liberales limpiando las botas a sacerdotes católicos, cantantes de rock al borde mismo de la jubilación, tiendas de barrio donde nadie va a comprar, tapias pintadas de tonos fucsias, coches que parecen de otros tiempos, inspectores de policía recién salidos de una película los setenta, bigote, sombrero y andares incluidos…), entre otros rasgos de estilo (franceses que parecen finlandeses, enfermos de cáncer que fuman en los hospitales, actores que aparentan no estar actuando…), siempre personalísimos, tradicionalmente indisociables a su filmografía.

Publicado: 19/06/2011

 

En un ecosistema particularmente preñado de personajes asaz reconocibles en el microcosmos kaurismakiano, entonces, el protagonista de la cinta que ahora nos ocupa resulta un limpiador de zapatos, bohemio disidente sólo porque lo dice el pressbook de la película (el personaje protagónico no es otro que Marcel Marx, el escritor protagonista de La vida de Bohemia, 1991), que se encuentra con un niño emigrante recién huido de una redada policial en el mismo puerto de Le Havre, donde ha pasado los últimos días olvidado por un error informático, junto a parte de su familia, en un contenedor que tenía como destino las islas británicas. Consciente de la situación extrema  a la que se ve abocada el pequeño, Marx se ofrece a alojarle sine die mientras trata de buscar la manera de ayudarle a cumplir su objetivo primigenio, poniendo en marcha un plan que no sólo va a implicar a  toda la comunidad (naturalmente desprovista de políticos) en la que vive, de diferentes modos, respondiendo a sus peticiones siempre de forma solícita (ya saben: la revolución empieza en los barrios), sino también, indirectamente,  a aquél inspector de policía que lo persigue, a pesar de la presión que sobre él ejercen sus superiores, temerosos de que un emigrante clandestino campe a sus anchas por las callejuelas de esta ciudad portuaria...

La película revela así todas sus bazas a las primeras de cambio,  y también todas sus limitaciones: “Le Havre” se presenta, entonces, como una fábula moral sobre la inmigración, la bonhomía y la voluntad de cambiar el mundo a través de las pequeñas acciones (sin que uno tenga que esperar una recompensa dadivosa como consecuencia de las mismas pero sin que la desprecie si finalmente llega), pero también como una película que parece pertenecer a otra época, sin riesgos narrativos, conservadora también en el plano formal, irónica siempre entre líneas como lo es siempre el cine de Kaurismaki (capaz de aunar la ironía sucinta que ocultan los titulares de prensa de los periódicos, con la de una actuación musical embebida de canas y, no pocos, excesos nostálgicos), poblada de momentos emotivos (todos ejemplificados en la relación de pareja que une a los dos protagonistas de mayor edad) y de otros que sólo podían haberlo sido con un actor infantil dotado de una mayor presencia (y consistencia) dramática; simpática, sí, sin que este carácter deba extrañarnos mucho a estas alturas cuando se analiza una película del autor finlandés.  

La apostura de la película (segunda en habla francesa  tras La vida bohemia)  es, eminentemente, optimista (también es marca de la casa) y entre sus márgenes sugiere una hermosa historia de amor  hilvanada mediante epítomes, especialmente, sutiles (no en vano, otro de los caracteres de su autor es que rara vez los personajes de su obra muestran emoción alguna); también hay algún momento para la sonrisa (sin exagerar) dentro de una obra cuyo guión ya auguraba (suele ser lo habitual en un retrato-de- hombre-con-niño-al-fondo) un buen número de secuencias cómplices.

Así las cosas, Le Havre se postula como una obra más (nunca menor) en la filmografía de Aki Kaurismaki, poblada de buenas intenciones y de gestos colectivos de indudable raigambre revolucionaria, de personajes entrañables y de inspectores de policías vestidos de negro sólo por aparentar, de diálogos ingeniosos y de milagros que sólo podrían serlo en un barrio como ese (que no es el Sésamo pero lo parece, incluyendo en sus calles a una panadera y a un frutero), a pesar de lo que opinan alguno de los personajes que lo pueblan, mientras se vierten a la atmósfera, siempre de forma tácita, ideogramas solidarios de corte nostálgico. En sus márgenes quedan no pocas alusiones a un contexto social a todas luces extinguido de nuestra aciaga cotidianidad,  repleto de tipos capaces de jugarse su tranquilidad (impostada) a cambio de ayudar a quien, de veras, lo necesita, mientras tratan de encontrar, a duras penas,  su propio lugar en un mundo que hace tiempo parece haberse olvidado de ellos. Una moraleja demasiado complaciente para con el género humano, que nunca nos ha parecido tan irreal, tan de universo de ficción, como en este contexto (indignado) que hoy habitamos.

J.P. Bango 

 

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verónica en 01/05/2012

Pues que acabo de ver esta película y nunca como ahora me ha parecido tan ajustado el término "...ver crecer los árboles". Si el barrio donde se desarrolla esta trama casi bobalicona no es bárrio Sésamo es sólo por que no está Coco, que por cierto, al ser el monstruo de las galletas le hubiera dado algo de malintencionada emoción. Me he aburrido hasta el cansancio; los personajes parecen sacados de una lata de leche condensada de los años 40, incluyendo a las féminas del reparto, con sus flores en la cabeza y sus sonrisas "yo todo lo he vivido". Los personajes masculinos, aparte del cuarteto del bar marinero, que pertenecen más bien a un vodevil de la Barceloneta, son insulsos, planos, sin apego. Desgraciadamente comparto todo sobre el inspector -patético-, los taxis con cortinitas de ganchillo y el final milagroso de curación y cerezo en flor. Casi me he acordado de Lourdes, en vez de Le Havre. Sólo impresionantes los paisajes portuarios. Ah! y el asunto del niño, mas de Marco, el protagonista de "De los Apeninos a los Andes" que del sangrante drama de la inmigración. En fin, prescindible... Gracias!

peliculas en 24/12/2011

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