Septimo Vicio - El cine visto desde otros t iempos

Hors Satan

En su penúltimo esfuerzo tras la cámara, el francés Bruno Dumont, especulando sobre una eventual regeneración espiritual, radiografiaba, desde cierta óptica behaviorista, las contradicciones de una juventud excesiva, proclive a la caricatura religiosa desopilante, que para reconducir su amor obnubilado hacia Dios necesitaba reencontrarse con el mundo. Apropiándose anecdóticamente de la figura de la poetisa mística de Amberes, Céline, perplejo pivote de la narración, asumía finalmente que, siendo irrevocable la existencia de una violencia natural en el orden de las cosas, los hombres no éramos sino soldados que hallaríamos la verdad y la justicia a través de la acción armada.

Publicado: 10/06/2011

Concomitancias de aquella lectura controvertida (el sino de la fe revelada es la praxis belicosa) reverberan en los recovecos de “Hors Satan”, drama agreste de ínfulas metafísicas que continuamente se debate entre la impostura autoral y la inflamación poética aficionada al artificio. Dechado de austeridad y acritud, poco propenso a texturas antropológicas, humanistas o iconográficas frente a un discurso que coteja su impúdico mensaje flirteando indistintamente con la vulgaridad y la causticidad, hurga nuevamente en la ira inclemente de un Dios colérico. 

Un hombre de expresión monosilábica e impertérrita (el flemático David Dewaele) subsiste como vagabundo errante en la región de Pas-de-Calais, frente a la costa de Ópalo, un paisaje de hermética agitación, henchido de bosques, dunas y marismas, azotado por un viento intransigente, cuyas penumbras apenas si enmascaran la atmósfera ominosa que hechiza el lugar. Mientras predica protocolariamente que “sólo hay un camino” y ejerce de forma inflexible el papel de iluminado protector de la zona, el reservado ermitaño recibe periódicamente la visita de una adolescente, de presencia punk  e intereses equívocos, que le ofrece sustento alimenticio y compañía. Entre la meditación mundana y el tedio existencial, la extraña pareja deambula sin rumbo fijo por los senderos y vías del emplazamiento, enfrascados en silencios, tiempos muertos y deseos sin consumar.  Ocasionalmente, como si se tratasen de exabruptos, este lugarteniente de mirada hierática actúa acorde a una labor que sólo halla su coartada a mayor gloria de instancias sobrehumanas: asesina a sangre fría al progenitor de la chica, un granjero supuestamente adicto al maltrato sistemático (la visión más pesimista de los vínculos primarios se desliza sinuosamente a lo largo de la obra de Dumont); tortura sin compasión al guarda de la minúscula localidad, empecinado en cortejarla; y, milagrosamente, alivia los tremebundos dolores de una niña encamada bajo síntomas indescifrables. Así, sin justificación alegórica, y asignando cierta trascendencia a la banalidad, la exasperante iteración de paseos interminables y adoctrinamiento teórico encuentran su encarnación práctica en esta oposición militante contra la iniquidad soterrada de una población en la que el monopolio de la seguridad y el auxilio no está en manos de la gendarmería.

Evidenciando su voluntad omnisciente, el hombre ilustra el sentido de su proceder: aplastar con una piedra la cabeza de un ciervo moribundo puede ser un gesto de misericordia divina; fornicar compulsivamente con una peregrina, entre espasmos epilépticos y fluidos lactescentes, es, simplemente, una exhibición facultativa de su poderío incontestable (uno de los lamentables intentos de subversión que, desde “La vie de Jésus”, trufan la carrera del galo); y caminar sobre las aguas para frenar el avance de un incendio que asola la cosecha es la prueba de fuego que animará el espíritu de su fiel escudera. Insertos como estos, tan grotescos como inanes, dominan el metraje (incluyendo en la función un episodio de resurrección tan chocante que haría palidecer a Dreyer o Reygadas) mientras el realizador se olvida de los roles secundarios (que recupera única y exclusivamente a su antojo) y delibera entre atributos contrarios, entre lo explícito y lo implícito.

En los ámbitos liminales de la New French Extremity (desafortunada etiqueta acuñada por el crítico James Quandt para arropar a cineastas tan heterogéneos como Philippe Grandieux, Claire Denis o Alexandre Aja), las virtudes de “Hors Satan” radican en su fisicidad, en la extenuante proximidad con la que Dumont filma cuerpos y siluetas, cuadros paisajísticos y excesos anímicos. Delimitando el escenario con innegable teatralidad, aplicándose en las tomas largas de conclusión irresoluta, el sonido directo alérgico a la post-producción y los encuadres, a los que dota de la inescrutable belleza de la pintura romántica (mención aparte para el cometido del belga Yves Cape), el de Bailleul compone el efecto codiciado: como el diabolus in musica, ese intervalo musical capaz de generar cierta angustia en el oyente, su cine aúna por momentos perturbación y sublimidad. Lástima que, a pesar de repudiar lo confortable y lo maniqueo, su trayectoria, potencialmente prometedora, rara vez cumple sus objetivos. Sólo la sabiduría suprema de la posteridad nos ofrecerá un dictamen al respecto.

David López

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Jao en 25/01/2013

Tio que fumaste??, solo queremos leer una puta crítica,los poemas se los lees a tu novia.

josep m. fernández en 29/03/2012

Vaya tela.

Julio Garcia en 19/03/2012

Pomposo cojudo este López.

Calculin en 05/12/2011

Cuanta palabrería para intentar sacar jugo de una película aburrida, inconexa, plana, lenta y carente de significado.

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