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Bullhead

Jacky Vanmarsenille, un ganadero de la grisácea Limburg (el auténtico "plat pays" al que cantaba Jacques Brel), mantiene desde hace tiempo una ambigua relación comercial con un veterinario sin escrúpulos que le facilita sustancias prohibidas, gracias a las cuales sus reses engordan en un tiempo récord, ofreciendo así ganancias sustanciosas y alta competitividad en el marco de un mercado desleal y escabroso, propicio para el contrabando y la clandestinidad. A pesar de la bajeza moral que corroe el negocio, la camaradería y la cortesía dominan esta correspondencia de intereses.

Publicado: 10/05/2011

Entonces, surge una propuesta tan jugosa como temeraria: la mafia de Flandes reclama un nuevo proveedor que perpetúe el ciclo de la carne corrupta. Aunque Jacky se dice a sí mismo que “no daña a nadie valorar la proposición”, la violencia soterrada que palpita en lo más profundo de su corazón nos invita a pensar que éste es el principio de una cadena de terribles acontecimientos.

Desde el primer momento, sin florituras ni cortapisas, Michael R. Roskam se afana, en su ópera prima, por brindar una descripción física y psicológica de sus criaturas, evidenciando su patetismo y su locura. Frente a otros personajes, a los que forra de temores y debilidad, Jacky es delineado ensalzando su animalidad, su carácter tosco y salvaje. Un hombre corpulento, desafiante y silencioso, atormentado por una espantosa carencia fisiológica que se remonta a sus días de candidez infantil, víctima de un crimen atroz perpetrado por el cruel hermano de la joven que promovía sus primeras fantasías sexuales. Irónicamente, aquel incidente lo condenaría a sufrir en su propio cuerpo el horror heredado de las prácticas ilegales de su progenitor: para asegurar un crecimiento y un desarrollo corporal en los márgenes de la normalidad, estaría sentenciado de por vida a recibir dosis ingentes de testosterona. La maquinaria mutiladora de la virilidad tradicional (Despentes dixit) lo convierte en un sujeto, inseguro tras la cortina, que se debate entre la confusión y el malestar, en los cauces de la difusa línea que separa masculinidad de feminidad. Si turba la preocupación de la figura maternal ante futuras inclinaciones homosexuales de su retoño (con no poca malicia, Alain Dessauvage casa la confesión con iconografía cristiana), elocuente resulta, en ese sentido, tanto el antagonismo que nutre su vínculo con Diederik, su antiguo compañero de correrías durante la niñez, como aquella escena en la que la que la dependienta de una perfumería -en realidad, aquella chica que adoraba en secreto- le ofrece sin discriminación productos destinados a ambos sexos.

Pero, además, el belga no escatima a la hora de radiografiar esta verdad subterránea. Tráfico subrepticio que se vale de la nocturnidad, almuerzos opulentos en hipódromos, garajes en los que se especula con total impunidad y discreción, escaparates que ofertan placeres baratos, y tableros copados de jeringuillas y frascos de todos los tamaños y colores. La mezquindad y la sordidez que empuja a la praxis a los peones de este oscuro relato, contrasta con la elegancia de sus planos, con la aparente ligereza de sus travellings, pulidos a mayor gloria de algún exceso sonoro proclive al dramatismo (anticipando un desenlace casi operístico) y el sobresaliente trabajo de Nicolas Karakatsanis, habitual director de fotografía del lacerante cineasta neerlandés Koen Mortier.

Mientras sus compatriotas Jan Verheyen y Erik Van Looy se empeñan en acomodarse al universo literario de Jef Geeraerts, siempre con la complicidad del guionista televisivo Carl Joos, Roskam, tomando como punto de partida un suceso real, e intercalando oportunos flashback cuando la narración así lo requiere, construye su particular aportación al noir a partir de distintas líneas argumentales (el concepto de red adquiere notable importancia en la trama) que confluyen en un estallido de brutalidad irracional, sin control. Tragedia griega de consecuencias inexorables, revenge film o crónica descarnada del ocaso de la inocencia, lo cierto es que en “Bullhead” subyace una poderosa metáfora política de colérica actualidad, la que coteja esa hostilidad que desde tiempos inmemoriales encara a flamencos y valones, dos realidades irreconciliables que comparten el mismo espacio pero juegan con distintas fichas: unos devoran, otros son engullidos; unos propagan la barbarie, otras la padecen. Lógico para un sistema neurótico capaz de engendrar estructuras sumidas en la autodestrucción. Y así aguardamos nuestro destino, como indica la voz en off que nos interpela en los primeros minutos de la cinta. Jodidos hasta el final de los tiempos.

David López

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