Septimo Vicio - El cine visto desde otros t iempos

Target

Quizá sea Vladimir Sorokin, adalid del postmodernismo en suelo ruso, uno de los escritores más controvertidos de su generación. Su literatura va a moverse dentro de los caracteres que definen al subgénero distópico y pese a ello, ha sido declarado persona non grata en su país durante buena parte de su trayectoria, granjeándose no pocos enemigos en los diferentes regímenes políticos anteriores y posteriores a la caída del muro de Berlín.

Publicado: 09/06/2011

Perseguido por proselitistas soviéticos al final de la era comunista (sus primeros trabajos editoriales se publicarían al otro lado del Telón de Acero), también sufrirá el acoso, pero no derribo, de las huestes más leales a Vladimir Putin, que incluso llegarán a escenificar su desdén quemando ejemplares de sus libros frente al Bolshói, creando un caldo de cultivo idóneo para la concreción de un trabajo de ficción capaz de trascender el ámbito de la prospectiva hasta convertirse en un fiel reflejo de la realidad actual de un país cuyos estamentos políticos, económicos y sociales no deja de referir metafóricamente en la mayoría de sus trabajos (y en todas sus entrevistas).   

El guión de “Target (Mishen)” supone la segunda colaboración de Vladimir Sorokin con el veterano cineasta Alexander Zeldovich tras “Moscow” y representa la cristalización en imágenes de este modo de entender las cosas (ya esbozada en su anterior guión para el celuloide, “4”,  llevado a la gran pantalla por Ivan Dykhovichnyj).  La escritura del guión de “Target (Mishen)” se alargará durante varios años, debido a la intensa cartera de trabajo del propio Sorokin, así como la exigencia de un diseño de producción de indudable calado ambicioso, capaz de precisar la imaginería conceptual de esta Rusia futurista, ma non troppo, poblada de localizaciones (Moscú, Gorny Altai, Kamchatka,  Inglaterra y Hong Kong),  de efectos especiales, siempre contextuales (añadidos arquitectónicos en el skyline moscovita, camiones de mercancías digitalizados, transparencias que aportan profundidad a “la meta”, etc.) y de gagdets de última generación (relojes poli-funcionales, automóviles de diseño, móviles en forma de abanico, etc.) que tratan de dotar de una apostura vanguardista al ecosistema prospectivo propuesto por Sorokin…  

Rusia, en el año 2020. La economía del país vive uno de sus momentos más óptimos debido a su importancia como punto intermedio entre los mercados centrales de Asia  y Europa.  Una gran autopista concentra y canaliza el tránsito de mercancías y de personas entre ambos continentes: el itinerario París-Guangzhou se consolida así como una de las grandes rutas comerciales de este nuevo mercado, eminentemente globalizado,  y Rusia, que garantiza la seguridad de toda la red de comunicaciones y supervisa el control fronterizo en ambos puntos del globo, resulta uno de los grandes beneficiados. Esta condición privilegiada agudiza su propio sistema de castas. Las diferencias entre unos y otros estratos sociales se acentúan considerablemente: la clase poderosa cada vez lo es más en una sociedad que sacraliza el éxito individual al mismo tiempo que demoniza el fracaso, y a los fracasados; un exitoso programa de televisión (“Winners & Losers”) resume hiperbólicamente este modo de entender las relaciones sociales, sancionando impunemente a los perdedores, llegándolos a humillar, incluso, mientras (sub)vierte a la atmósfera proclamas populistas tendentes a adoctrinar (y adocenar)  a los espectadores.  En este contexto dicotómico, el triunfador puede observar al mundo desde un pedestal inalcanzable, incluso permitirse el lujo de juzgarlo (como hace el protagonista mediante unas curiosas gafas que cataloga a las personas en función, o no, de su bonhomía) a conveniencia.  

Víctor es el Ministro de Recursos Energéticos de esta Rusia hipervitaminizada por cuestiones arancelarias: un hombre, caudaloso y descreído, que lo tiene todo menos aquello que no puede comprar con dinero: por ejemplo, la felicidad que, en tiempos, reinó en su matrimonio con Zoe, últimamente preocupada por buscar un elixir de la juventud que la devuelva la ilusión perdida (por ejemplo, haciendo uso de máscaras faciales construidas de metales nobles) en una cotidianidad regida por el tedio materialista...  Para lograr este propósito regala a su mujer un viaje a un confín perdido de la estepa rusa, cerca de Mongolia, donde ambos podrán bañarse, figuradamente, en una fuente de la juventud que, según parece, se oculta en un observatorio astrofísico embebido de partículas cósmicas a las que se les atribuye la cualidad de revertir el proceso del envejecimiento. El tecnócrata, sin embargo, no busca tanto restituir la juventud de su esposa como rememorar tiempos pasados. No lo hace desde una perspectiva empática sino, abiertamente, egoísta: quiere que las cosas sean como antes, especialmente en lo que concierne a su propia felicidad. Acompañan a Víctor y Zoe, en su viaje reparador, el hermano de ésta, Mitia, una estrella de la televisión rusa,  y un Coronel encargado de la seguridad en el tránsito entre aduanas (Nikolai): todos representantes de esa clase social privilegiada surgida al albor del régimen aduanero.  Unos y otros buscan no tanto revertir su incipiente proceso de degeneración celular (lo que en último término les posibilitaría perpetuar su estado de salud por tiempo ilimitado) como darle un nuevo impulso emocional a sus vidas. Los efectos secundarios no tardan en aparecer cuando el grupo regresa a Moscú, una vez han logrado su objetivo de pasar una noche en el interior del hangar abandonado, acompañados de una locutora de radio (presentadora del programa "Chinese for Dummies") que acaba de iniciar una relación afectiva con Mitia (en cierto modo, su contraparte), y de una joven muchacha (sólo en cuanto a su apariencia física: afirma tener más de sesenta años), vecina del poblado que hospeda el “objetivo”,  que tiene como propósito cumplir con una antigua promesa pronunciada veinte años atrás...  

Su estancia en las montañas de Altai no sólo les proporcionará la regeneración celular anunciada, también una agudización extrema de los rasgos que definen sus diferentes identidades, una liberación emocional que no tarda en manifestarse de forma vehemente. La exacerbación de sus sentidos, en fin,  resultará insoportable para la mayoría de ellos una vez la terapia cósmica comience a exagerar sus primeros síntomas: Nicolai intensificará sus encuentros sexuales con la esposa de Viktor; Viktor, a su vez, terminará corporeizando su obsesión de catalogar todo aquello que le rodea en función del color de la energía que desprenden los cuerpos sólidos; Mitia extremará sus actuaciones al frente del programa televisivo que conduce, al mismo tiempo que sufre los arrebatos pasionales de una aventura amorosa llevada al límite. Sólo aquéllos capaces de anteponer una solución drástica ante semejante caudal de deseos, afectos y sentimientos desbordados, podrá resistir el poder otorgado por la fuente mágica, sabrá convivir con “el objetivo”.  

Cuando se tiene todo menos la juventud, es la juventud lo que se ansía. Pero la juventud no sirve de nada si no se tiene control sobre ella. Alrededor de esta premisa, el dueto Zeldovich/Sorokin construye esta obra prospectiva, ambiciosa y melancólica a partes iguales, un turbio retrato del poder (en la máxima extensión del término) y de los poderosos, alambicada sólo en el plano de las ideas (los protagonistas ornamentan sus diálogos con continuas referencias filosóficas, poéticas, políticas o metafísicas), poblada de sexo y de cambios de parejas, de amor entendido desde una perspectiva hiperbólica (no en vano, su argumento oculta dos de las historias de amor más intensas y trágicas de cuántas ha podido completar el cine contemporáneo en su versión adulta), de mafias fronterizas y de policías con patente de corso, de tráfico de productos, personas e intereses, siempre con intenciones especulativas, de programas de televisión de indudable pretensión dogmática, entre otros ítems de interés, hasta llegar a un clímax (no por casualidad extraordinariamente hilado, especialmente en lo que refiere al destino de los personajes) preñado de secuencias que ponen más que digno colofón, con trazos pausados pero firmes,  a todas y cuantas subtramas plantea el argumento.

“Target (Mishen)” hunde sus raíces, a partes iguales,  en el cine de Tarkovski (especialmente en sus dos aproximaciones al cine de ciencia ficción) y de Konstantin Lopushansky (por su acercamiento al género desde una perspectiva taciturna); así como (no puede ser de otro modo dado los referentes aludidos)  en la literatura de Arcadi y Boris Strugatski (desde Picnic junto al camino a Hotel de Alpinista Muerto, pasando por Iskushenie B, una obra que adaptaría para la pantalla grande Arkadi Sirenko en 1990 y que abordaba el tema de la inmortalidad con pretensiones existencialistas),  referentes nominales de toda la producción fantacientífica surgida en suelo ruso desde finales de los setenta. Es, junto con “Tree of Life”, la más excesiva (también en cuanto a duración: 155 minutos),  densa, sarcástica y cerebral de todas y cuántas películas pudimos visionar en Cannes: un afinado retrato de una serie de personajes, hastiados en su suficiencia económica, necesitado de un remedio mágico capaz de sacar al trasluz toda aquella felicidad que dejaron aparcada, de modo inexorable, el día que comenzaron a canjear divisas por ilusiones. Un “gozoso anacronismo” como expresó, en su momento, David López, que se cuela en la cinematografía actual dispuesto a dejar una huella pronunciada en la memoria del cinéfilo más inconformista. Y lo consigue, a pesar de todos los excesos (esencialmente verborréicos) que la definen; también en sus momentos más insustanciales.

J. P. Bango 

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