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Code Blue

Dentro de la particular (y variada) terminología eufemística existente en torno a la eutanasia, surge la expresión “código lento” para significar una práctica consistente en retrasar, a propósito, la respuesta ante un “código azul”, una alerta hospitalaria que se activa, sine die, ante una verdadera situación de emergencia; la lentitud de la respuesta por parte de los equipos de asistencia médica hará imposible la reanimación del paciente, lo que, a efectos prácticos, terminará por certificar su propia muerte. Va a representar, entonces, una especie de suicidio asistido en el que la participación de los médicos se completa no por un acto de acción sino de omisión, en tanto se adelantan los plazos, de forma deliberada, en el proceso agónico de un enfermo terminal.

Publicado: 06/06/2011

En Holanda, un Estado constitucionalmente pionero en la introducción de medidas socio-políticas tendentes a extremar los límites de la libertad individual, incluso a la hora de decidir el momento de la propia muerte en casos puntuales,  van un paso más allá a la hora de interpretar dicha asistencia al suicidio, consintiendo,  en su seno, la eutanasia  en sentido estricto como una actividad reglada en su sistema de salud, singularmente alejada de las reprobaciones penales y sociales a las que son tan proclives el resto de países.  En torno a la figura de una de las personas que participan directa o indirectamente de esta praxis paliativa (si bien siempre queda en un segundo plano, sin subrayados ni cuestionamientos morales), articula Urszula Antoniak su segundo largo, “Code Blue”, una película de trazo grueso (y no sólo en relación a su temática) y mirada gélida, hilvanada en torno a conceptos tan abstractos como la frustración, el individualismo o el deseo insatisfecho, entendidos aquí desde una perspectiva, esencialmente, extrema, tan incómodos, ásperos y grotescos resultan los caracteres con que se describen.

Marian (excepcional, Bien de Moor) es una enfermera solitaria que cuida de los pacientes terminales de un hospital holandés; lo hace con plena dedicación y celo (a la manera de Adrien Pal, la protagonista de la cinta epónima de Agnes Kocsis), acompañándoles en los últimos estertores de su vida, con tacto y delicadeza, tomando la mano de aquéllos que están a punto de morir o aplicándolos soluciones químicas capaces de aplacar o acallar su agonía. Acostumbrada a cohabitar con enfermos moribundos, ha desarrollado una personalidad desposeída de emociones, abiertamente disocial, siempre aséptica; el resto de su cotidianidad se pervierte entre abscesos de soledad y roces violentos con otras personas (que se manifiestan incluso en una rutinaria compra en un supermercado). Su conducta, de claras reminiscencias autodestructivas, no solo la impide mantener contacto íntimo con la gente de su entorno, también la reprime a la hora de iniciar cualquier tipo de relación; de hecho, ella misma se encarga constantemente de rehuirlas, inventándose coartadas invencibles (por ejemplo, que está enamorada de otro hombre, o que tiene una hija que cuidar) que pretenden evitar una segunda toma de contacto. Alrededor da esa personalidad, individualista y disociada, Marian ha edificado una coraza defensiva que, sin embargo y de forma abrupta, se rompe a pedazos en cuanto entra a colación un solo aliento de deseo, que toma como epicentro la figura de su vecino, Konrad (Lars Eidinger), un hombre de su edad hacia quien siente una atracción irresistible (y que la provoca no poco malestar). Hasta tal punto se quiebra su armadura defensiva que ni siquiera su pulsión vouyerística, expresada de forma vehemente  e impulsiva (alquila películas porno en el supermercado, se masturba detrás de las cortinas mientras observa a Konrad en su apartamento, a través de un diminuto agujero) logra compensar su creciente necesidad de estímulos emocionales (no tanto afectivos). Ya no le basta con imaginarse, como si fuera cierta, una vida alternativa, u observar la realidad a distancia; necesita y quiere participar de ella, hacer tangibles sus deseos, convertir el sexo en una experiencia real, sentir como propias las emociones que sí aprecia en los demás, y hacerlo además de una manera no fingida. No le quedará otro remedio, entonces, que asumir riesgos afectivos (inhabituales para una persona como ella), por ejemplo: se verá obligada a participar de un proceso de seducción y cortejo, o entrar en contacto físico con el otro, o responder sentidamente ante dicho contacto (tan falto de estímulos interactivos se expresa su carácter que ni siquiera sabe cómo responder ante las primeras muestras de rechazo de Konrad). Tratando de contrarrestar semejante caudal de emociones (todas sobrevenidas) y como si de un animal en celo se tratara, comienza a dar rienda suelta a sus instintos más primarios y viscerales. La vejación,  la humillación y el sometimiento amenazan con hacer acto de presencia al otro lado de la esquina.

Los tonos fríos y gélidos de los que se nutre, y no sólo fotográficamente,  la película de Urszula Antoniak remiten al cine de Kieslowski, de Haneke, incluso de Lars Von Trier (que ejerce de co-productor de esta película a través de su productora Zentropa; una atención que la directora devuelve con no pocos guiños); los personajes se mueven por ciudades atemporales, abarrotadas de edificios (y personajes) grises, de casas escasamente amuebladas (o, directamente, desamuebladas, como ocurre con el apartamento donde habita la protagonista), de amplios ventanales que apenas si dejan vislumbrar tras de si lo que sucede dentro…

Marian  observa desde su ventana una violación en un parque colindante; lo hace embebida de una curiosidad malsana, a medio camino entre la delectación y el rechazo. A la mañana siguiente, se dirige al lugar del oprobio y recoge del suelo, y después guarda para sí, como si se tratara de un trofeo, uno de los preservativos que utilizaron los agresores. Cuando vuelve a la habitación no duda en exhibirse desnuda delante de él, mientras unta sus piernas y sexo con el semen residual… Es, sin duda, uno de los epítomes más desagradables (quizá también lo sea del cine contemporáneo) de una película preñada de automutilaciones lacerantes, de sexo turbio, de humillaciones sin pausa (especialmente punzantes en su tramo final), de vouyerismo exacerbado, de violencia física, de masturbaciones explícitas, de eyaculaciones no consumadas, de violaciones en grupo, de pacientes que se niegan a morir en el último momento, de otros que sí desean hacerlo, de mujeres que rehúsan al contacto mientras se entierran en vida, de baños reparadores sólo a efectos formales, de suicidios no consumados por falta de agallas, de ablaciones emocionales, siempre auto-inflingidas, de trastornos esquizoides de la personalidad,  de situaciones deprimentes narradas desde una distancia prudencial, de inexorabilidad, finalmente: último elemento conceptual que explica (y completa) , en poco más de setenta minutos,  el argumento propuesto por la directora polaca.

Película dura (muy dura), repleta de imágenes turbadoras, controvertidas e  intransigentes (lo son con los personajes y lo son con el propio espectador), "Code Blue" resulta, sin embargo, una obra realmente estimulante, subsumida entre la gris cotidianidad (y previsibilidad) que asola a cierto sector del cine independiente europeo, particularmente acomodado entre excesos autocomplacientes e historias estériles, con su ritmo pausado y contemplativo (pero nunca moroso), con sus escasos diálogos (tampoco los necesita), con su fotografía obscura (además de diletante), con la cámara continuamente alejada de los personajes (como si la propia directora quisiera interponer una cierta distancia emocional entre esos personajes y el punto de vista del espectador), con una de las interpretaciones femeninas más arriesgadas (y difíciles de olvidar) de los últimos tiempos… Ornamentos formales que definen y precisan este relato de ángeles redentores, sin derecho a roce, donde no hay lugar para las medias tintas (o para el tabú). A cambio queda la soledad expresada en formato empírico (y físico) entre las líneas maestras que entretejen esta (brutal) película holandesa. Al menos así lo es para aquél que esté dispuesto (y pueda: no es una obra de visión fácil) a resistir hasta sus créditos finales.

J. P. Bango 

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Luis en 07/06/2011

Un poco en esta onda de "no tener emociones" creo que va a estar la nueva peli de Jaume Balagueró,
Mientras Duermes.

Tiene pinta de ser bastante angustiosa, y, aunque no está relacionada con temas como el de Code Blue, sí que es pareceida en cuanto a lo de "no tener contacto ni relaciones", etc.

Creo que sale en Otoño, y promete!!! Aquí va el trailer!

http://www.mientrasduermeslapelicula.com/

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