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Karen llora en un bus

Hay quien asevera que la elección de un modelo concreto para ordenar y jerarquizar nuestra "hoja de vida" es una cuestión estrictamente personal que, en definitiva, obedece a las múltiples variables que pergeñan un perfil individual. Este término, tan afortunado como descriptivo, también nos permite escrutar el itinerario vital y el incierto destino de Karen, otra víctima de la alienación estructural de una sociedad fundada sobre prejuicios endémicos y roles de género que ejerce de heroína involuntaria de la ópera prima del colombiano Gabriel Rojas.

Publicado: 06/03/2011

A nuestra protagonista la reconocemos por primera vez a bordo de un autobús en su viaje a ninguna parte. La noche se cierne sobre ella, completamente desorientada y presa de temores que insinúan una situación acuciante. Una maleta con las pertenencias precisas y la firme decisión de repintar su existencia. Diez años de matrimonio frustrado y sueños sacrificados (un recorrido sinuoso desgranado sutilmente a lo largo del metraje) son el fatigoso lastre que pretende dejar atrás. En tiempos de crisis, la encrucijada de Karen no solo reside en la consecución de sus aspiraciones y su deseo de reconocimiento por parte de los que jamás le profesaron estima alguna. Repudiar las convenciones (también unos lazos familiares proclives al discurso reaccionario) significa renunciar de facto a la comodidad y la estabilidad que aseguraba la generosa cuenta bancaria del que fue su marido. Aunque empuña un proyecto que avanza tras la pista de un lugar en el mundo que otorgue sentido a una trayectoria fragmentada, la subsistencia diaria se impone por encima de cualquier otra circunstancia, en una Bogotá en la que la mendicidad es la única alternativa a la que quedan relegados los sujetos que no gozan de los parabienes y la bonanza económica que lucen los auténticos dueños del país.

Efectivamente, entendemos que el medio social pervive como el patrón dominante para pensar la ficción. De este modo, Rojas, que además apuesta por dotar a su historia de un vector sentimental, se afana por delinear la doble moral de esta comunidad aturdida por la premura y la necesidad. La picaresca se convierte pues en la solución poco decorosa con la que Karen procura hacer frente a sus dilemas. Hastiada de repartir pasquines publicitarios y de las triquiñuelas de empresas indecentes que solo pretenden ampliar su cuota de mercado (su condición laboral la padece como un estigma, tal y como sugiere su comportamiento cuando se reencuentra azarosamente con una vieja amiga), engatusa a los pasajeros que aguardan la llegada del transporte público para obtener un par de monedas. Una praxis, elevada a ritual cotidiano, que, sin embargo, la lleva a despreciar al indigente que le solicita una mísera ayuda, ese Otro en el que debería verse reflejada.

En el contrapunto que ofrecen otros personajes de la trama, Karen exhibe con desenvoltura sus anhelos. Si ésta rezuma dulzura, introversión y fragilidad, Patricia, la joven que fortuitamente conoce en su zigzageante camino, es retratada con descaro y anarquía como un alma descarriada y ociosa. La realidad, bien distinta, no tardará en revelar que la frustración que ambas silencian no es el primero ni el último de los desbarajustes emocionales que comparten. Más sustancial se evidencia su relación con Eduardo, un escritor, con un porvenir prometedor, que aporta nuevos aires a alguien acostumbrado a las puertas que se cierran con brusquedad. Esta bienvenida a ese microcosmos artístico que tanto idolatra (el guión viene trufado de referencias al cine de Rohmer y la dramaturgia de Ibsen), es, además, el catalizador que promueve la codiciada metamorfosis física (superar sus dudas ante su propia sexualidad) y psicológica (sentirse capacitada para asumir la independencia) que reclamaba con tozudez. Igualmente, y con amarga ironía, constituye un lance, pues, una vez más, tendrá que adoptar una resolución acerca de esta segunda oportunidad que puede encarcelarla en un circulo vicioso.

En la era de la utopía del 3D, a “Karen llora en un bus” tampoco la apremia conquistar un humilde hueco en el panorama de la autoría latinoamericana, propenso a los riesgos formales y al juego intelectual de la especulación narrativa. Al contrario, esta obra, decididamente pequeña y honesta, felizmente emparentada con la carga melodramática del relato clásico, aboga por la naturalidad y la combustión sosegada en su crónica redentora de vocación universal, ejemplarmente finiquitada en su colofón, una secuencia semejante a la que abría la película pero diametralmente opuesta en su tono y sus intenciones, ahora luminosa y edificante, fecunda cuando nos recuerda que ningún clavo puede sacar otro clavo. Borrón y cuenta nueva.

David López

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