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'La Gran Belleza' de Paolo Sorrentino, el arte como esencia de la vida

El sexto trabajo del realizador italiano, estrenado en el pasado Festival de Cannes, llega hoy a las salas españolas.

Publicado: 05/12/2013

“El arte es la tarea suprema y la actividad propiamente metafísica”, aseguraba Nietzsche al proponerlo como 'cura' del sufrimiento existencial. Por estos derroteros navega Paolo Sorrentino para dar forma a su última producción, 'La Gran Belleza'. Gep Gambardella (Toni Servillo, su actor fetiche) es un divo a la vieja usanza que acaba de cumplir sesenta y cinco años. Periodista de profesión, con aspiraciones literarias y una obra poco prolífica, lleva una vida hedonista y consagrada al placer, una actitud que es irreconciliable con su 'voluntad de crear'. En su existencia, una mezcolanza de la fantasía y la magia que Fellini imprimió en 'La Dolce Vita', la ilusión de las apariencias se confunde con la eterna embriaguez dionisíaca. El protagonista, una suerte de Marcello Mastroianni de la Italia de Berlusconi, revive en soledad su momento vital más intenso, una reminiscencia de su juventud que dota de sentido a una vida que entiende como relato literario.

Con planos y travellings tan largos como etéreos, que agonizan cuando apresan la fugacidad del tiempo, el realizador capta la esencia de la belleza. Filmando de manera mística y contemplativa, en una búsqueda desesperada de la chispa 'divina' que alumbra la creación, su cámara, como una mariposa en continuo revoloteo, se detiene para desvelar la poesía que se esconde tras la arquitectura, la escultura, el cuerpo desnudo de una mujer o los jardines de Roma. La armonía contrasta con el frenesí de la fiesta nocturna (el objetivo se aproxima a los rostros y el montaje se desenfrena), donde da buena cuenta de la decadencia y los aspectos más grotescos de la 'jet set' romana, cuyas motivaciones artísticas son tan superficiales como las conversaciones que mantienen sobre Marcel Proust mientras calman sus frustraciones bebiendo Martini y esnifando cocaína. Las transiciones (visuales y sonoras) entre secuencias, un engranaje perfecto, componen una bonita sinfonía y establecen un profundo contraste entre mundos dispares.

Criaturas caricaturizadas que sufren, que albergan recuerdos desesperados. Personajes barrocos, con sus miserias y su mediocridad, algunos dignos de compasión. A Sorrentino, como a Fellini, no le preocupa exclusivamente la imagen colectiva, pues ambos se interesan por el sujeto individual, hasta tal punto que consigue arrebatarle sus máscaras, aflorando así el amargo desencanto que se oculta bajo la superficie. Sus personajes no parecen estar anclados en el neorrealismo italiano, ya que su cotidianidad se 'surrealiza' con la intención de escenificar el gran alma felliniana. Gambardella, absorto en sus recuerdos, contempla como el techo de su habitación se trasmuta en una mar infinita, donde lo onírico se materializa tras la pista de un misterio extraviado en el tiempo. En una nostálgica ensoñación, Sorrentino no observa lo mundano como Rosellini: introduce el elemento surreal de Fellini y reconoce el poder de lo insólito.

El hundimiento de la ciudad eterna, en constante lucha por mantener el esplendor de su monumentalidad y su erotismo exuberante, se radiografía desde la emoción. Frente a la grandeza de la antigüedad, la serenidad del Renacimiento o la teatralidad del Barroco, 'La Gran Belleza' retrata un presente crepuscular que mira perplejo a un pasado ancestral a través de movimientos artísticos como la performance callejera. La sátira sobre el rumbo del arte contemporáneo la explicitan aquellos diálogos que justifican el acto creativo como “una vibración que se siente pero no se puede explicar”; también esa niña millonaria que, de la noche a la mañana, ha alcanzado la fama gracias a sus furiosas obras abstractas.

María José López

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