Septimo Vicio - El cine visto desde otros t iempos

"28 semanas después" por David López

Publicado: 03/07/2007

Seis años después de la muy estimable “Intacto” (y casi once desde aquella nominación al Óscar por “Esposados”), Juan Carlos Fresnadillo regresa a la dirección sorprendiendo a propios y extraños con la secuela de “28 días después”, la refrescante incursión-revisión del cine de género diseñada por Danny Boyle, en la que el tinerfeño aprueba y, afortunadamente, con nota.

Aunque no me cabe la menor duda de la permanencia ideológica oculta tras la presencia latente de Boyle junto a su inseparable Andrew Macdonald en cuanto a intenciones estéticas, conceptuales y narrativas (incluso los créditos nos permiten localizar a habituales de la casa como John Murphy), sería poco menos que una difamación no reconocer la solvente valía de Fresnadillo para retomar con buen pulso el legado fílmico de su predecesor.

Así abre la sesión como un auténtico francotirador con un prólogo hiriente que pone los pelos de punta a costa de un shock visual de infarto y una nada alentadora lección sobre la instintiva naturaleza humana cuando la supervivencia es lo único que está en juego. Toda una declaración que indica los derroteros movedizos por los que va a discurrir el film.

Fresnadillo se sumerge con sangre fría en los postulados de aquella bárbara generación de cineastas y escritores que se englobaban bajo el epígrafe splatterpunk y que venían a defender con osadía una cosmovisión en la que el género fantaterrorífico y explícitamente gore podría transformarse o utilizarse como un poderoso (y poético) brazo crítico que facilitaba indagar en los males de una sociedad enferma en la que los muertos vivientes no eran sino una metáfora de un estado de cosas.

Bebiendo de los popes del existencialismo zombie (especialmente de los futuribles nihilismos de “El día de los muertos” y “La tierra de los muertos vivientes” del infatigable George A. Romero), Fresnadillo construye una nueva fábula de profundo pesimismo que viene a insinuar que el ser humano está abocado a cometer una y otra vez los mismos horrores en un fatalista retorno a las erróneas situaciones del pasado. Sin desplegar el potencial descubierto por la tetralogía de Romero a la hora de dinamitar las bases de una sociedad corrupta, se rescata ese puñetazo en el estómago de un sistema jerárquicamente militarizado, insensato, arrogante y genocida, como en los mejores tiempos del género.

Pero más allá de todo tipo de reflexión, la película es, ante todo, un jubiloso y divertido entretenimiento que muta el estado de tensión continua del original que protagonizaba Cillian Murphy en extenuantes y violentas explosiones de histeria, confusión y pánico filmadas/editadas en un punto próximo a la catarsis nerviosa, lo cual dota a la cinta, junto a su desbordante sangría de hemoglobina y mutilaciones, de un caótico ritmo que introduce por completo al espectador en una pesadilla inevitable desde el comienzo.

Que nadie aspire al hallazgo de todo un prodigio de originalidad e inventiva. Pero el Apocalipsis del nuevo milenio según Fresnadillo es retratado con versatilidad, agilidad y sin concesión alguna a la corrección política. Aquí todo es desintegración moral, tragedia familiar y antiutopía humana. Y mientras el público disfruta de la sensación entre la suma satisfacción y el pavoroso sobrecogimiento en vísperas del infierno en la tierra. Por ello, un nuevo tanto para un subgénero que en los últimos años ha sido redimido con absoluta convicción por Zack Snyder, Joe Dante o Eli Roth.

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