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El Secreto de los Kells

Ha pasado a la historia la vetusta Abadía de Kells por custodiar a lo largo de varios siglos el Libro que finalmente heredó su nombre, el Gran Evangeliario de San Columba, una biblia profusamente ilustrada y de indudable valor artístico y religioso, que ha sobrevivido al paso de los años, en buena parte, por el celo que, en su cuidado, ostentaron aquellos que se encargaron de cobijarla; ya en la actualidad, se ha convertido en uno de los tesoros pretéritos más controvertidos de todos y cuantos componen el patrimonio cultural irlandés, no en vano, todavía hoy se expone, junto a otros incunables del arte religioso medieval, en el Trinity College de Dublín para deleite del visitante.

Publicado: 02/08/2010

En torno a las múltiples leyendas e historias que acompañan la gestación y desarrollo  (estamos hablando de una obra inconclusa) de este libro mítico, articula, el equipo de animadores de El Secreto de los Kells, un argumento que aúna el fervor artístico con el misticismo autoconsciente, produciéndose una afortunada simbiosis entre la historia que se quiere contar y el aspecto formal con la que se presenta.  Su resultado, intensamente virtuoso, supone la existencia de una obra de animación superlativa, seguramente, una de las cintas más desbordantes e imaginativas de todas y cuantas se concibieron  en el pasado año,  una fascinante yuxtaposición de iconos cuyo poder de seducción no tiene parangón en el imaginario que el espectador contemporáneo tiene como referente. Y esto es solo en sus primeros minutos.

Siglo IX. Brendan vive en la Abadía de Kells junto con otros monjes,  al amparo de su tío, también tutor, un duro gobernador pertinazmente empeñado en la construcción de una muralla lo suficientemente fuerte como para aguantar la embestida de las hordas vikingas que, según cuentan, ya han arrasado en su camino alguna de las fortalezas vecinas, en particular, aquella que se ubica en la Isla de Ilona, antigua depositaria del manuscrito de San Columba. Precisamente, un monje que de allí proviene se refugia en la abadía buscando un scriptorium donde pueda terminar de ilustrar el libro de marras, que lleva consigo, a pesar del recelo de quien ahora ejerce de benefactor, más preocupado de la construcción de la empalizada que de la custodia de un libro ilustrado. Para lograr su fin, el monje Aidan contará con la connivencia y ayuda del joven Brendan,  emocionalmente embelesado por la apariencia fastuosa, diríase que mágica, que parece emanar de todas y cada una de las páginas del libro. En el bosque prohibido que circunda la fortaleza encontrará el pequeño Brendan no ya los ingredientes  que el amanuense necesita para forjar sus tintes indelebles como una amistad, que resultará imperecedera, con una hada blanca que se llama así misma Aisling, un personaje feérico capaz de transfigurarse, a conveniencia, en niña, en lobo o en niebla, y que aquí ejerce de guardiana de los bosques (por cierto, nunca se dibujó uno más embriagador que éste; ni siquiera el de Mononoke Hime) y conocedora de todos sus rincones, puente espiritual entre dos mundos arcanos de ascendencia mística definidos, en sus caracteres, por el paganismo celta y el ascetismo cristiano.

Quizá sea, la fusión de ambos mundos (lo pagano y lo religioso, lo místico y lo legendario) en un solo corpus argumental uno de los más significativos logros de los que puede presumir la película. El otro es hacer (que no pretender hacer, es importante el matiz: estamos en presencia de una película solo ambiciosa en sus formas) de cada uno de sus planos una obra artística de carácter incomparable.  El Secreto de los Kells se vertebra, pues, sobre una base fantástica, a medio camino entre la  devoción mí(s)tica y la fusión de varias leyendas irlandesas; no va a ser Aisling, entonces, la única referencia a la mitología Celta en un bosque colmado de misterio y de recovecos oscuros, incluido un averno que, entre penumbras, gobierna una deidad precristiana que los habitantes del bosque denominan Crom Cruach, un ser ofidioforme que, transfigurado como una enorme bestia bidimensional,  pugnará con Brendan tratando de evitar que el joven monje pueda acceder a un cristal mágico capaz de hacerle vislumbrar el modo que le permita trazar y, finalmente, concluir el monograma de la Encarnación, una de las páginas más complejas de todas y cuantas conforman el libro, en una de las secuencias más vibrantes de una película que, pese a todo, alcanza su (furioso) cenit en la narración del cruento ataque vikingo a  la Abadía de Kells, repleto de formas hiperbólicas, pretendidamente expresionistas, de antorchas humeantes que se yerguen al cielo, de espadas firmes que apenas si encuentran resistencia al otro lado del contrafuerte,  de nieve que se convierte en fuego,  y de escaleras que se derrumban hacia el abismo dejando a su paso muerte, destrucción,  gerifaltes heridos y aprendices de monjes sin hogar, dando pie a un viaje iniciático en el que se embarca el menor de sus protagonistas en defensa de un libro, el de Kells, cuyo interior todavía guarda un tesoro que el curso de la historia le encargará proteger a toda costa.

Los compases infantiles, que definen su comienzo, se han transformado en un viaje de emancipación existencial, elegíacamente adulto. En el plano formal, las diferentes edades de Brendan y Aidan se representan en una inspiradísima elipsis espacio-temporal que emula, como el resto de la película, al arte religioso, a sus miniaturas, retablos o tapices. No en vano, a medida que avanza la historia, mayor es el nivel de subsunción entre la forma y el fondo, más diluida queda la frontera entre una animación que imita las páginas del libro y la época histórica que trata de emular, hasta tal punto que unas y otras acaban fundidas en un mismo plano narrativo. Y es aquí, en la pasión con la que sus protagonistas defienden sus ideales, siempre románticos,  donde la película encuentra su verdadero sentido, pero no tanto por el obstinado empeño por salvaguardar, a pesar de los infortunios, un símbolo religioso (un nuevo testamento ilustrado) como porque ese propio símbolo religioso sea un libro, un libro de carácter artístico además, dibujado sobre piel de terneros en base a un orgiástica colección de motivos estéticos, de gran complejidad, henchidos de colores rojos, rosas,  malvas o verdes, armoniosamente emparentados con la beldad. Una reivindicación del Arte en mitad de una reyerta desagradable que convierte a esta cinta de destinatario infantil y vocación dogmática en una inteligente reivindicación del Libro como erario legítimo. Una idea de indudables raíces evocadoras que, también  gracias al intenso poder de fascinación que define al cine de animación en sus márgenes menos comerciales, se viste aquí con uno de sus atuendos más hermosos. Y es que eso es El Secreto de los Kells de Tom Moore y Nora Towney: un tesoro animado que hay que proteger como si fuera un códice. Quizá porque ya lo sea en estos tiempos preñados de imposturas digitales, de sueños prefabricados a destajo.   

J. P. Bango

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