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Amnesty

Albania sumida en un imparable proceso de transformación económica y social. La sombra acuciante de la crisis pulula sobre las cabezas de la mayoría; algunos de ellos, tienen en la cárcel a sus parejas. Una reforma de pretensión reparadora dentro del sistema penal carcelario albanés, promovida por la “Unión Europea” (sic), permite, cada quince días, un encuentro sexual con sus respectivos cónyuges.

Publicado: 02/03/2011

 

Elsa (Luli Bitri) se desplaza a Tirana, desde la ciudad costera de Pogradec, para cumplir con su rutina quincenal, dejando a sus dos hijos al cuidado de su suegro, un patriarca de la vieja escuela, de comportamiento caprichoso y afán controlador. De forma paralela, y en idénticas circunstancias, conocemos al maduro Sheptim, que también tiene a su esposa en la cárcel. Del mismo modo, y cada quince días, cumple con sus obligaciones maritales en las dependencias carcelarias donde habita presa su mujer mientras sobrevive a su cotidianidad, fuera de ella, ejerciendo el oficio de pintor en un taller industrial, visionando películas porno en la televisión o entablando un diálogo existencial con una lavadora que ha tomado por hábito estropearse en los momentos más inoportunos. 

Ambos coinciden una y otra vez en la sala de espera de la cárcel, antes y después de formalizar sus respectivos vis à vis, dando inicio a una amistad a tiempo parcial especialmente definida por pasajes tiernos y comprensivos, también por el sexo. Sus (otros) encuentros quincenales refrendan una relación condenada a entenderse en aras de compensar esa soledad, que a todas luces les asola, manifestada por detalles sutiles, nunca remarcados. Cuando Elsa traslada a sus hijos a su hogar provisional en la capital albanesa, tratando de encontrar su propio sitio lejos de aquéllos que la controlan (por ejemplo, su suegro: autoerigido guardián de la unidad familiar), una Ley de Amnistía amenaza con devolver a los cónyuges al hogar. El amor que los dos amantes se profesan, a partir de ese mismo momento, se sabe condenado ad infinitum. 

Quienes cumplen sus penas en la cárcel permanecen casi siempre de espaldas, fuera de plano o, directamente, desenfocados mientras comparten cama y fluidos corporales, respectivamente, con Elsa y Sheptim. La ternura, el deseo o la pasión la guardan los dos últimos para sus encuentros extemporáneos al otro lado de la verja. Sus propias vidas, al margen de esta relación casual, se pervierten de soledad,  frustración y deseos insatisfechos. No queda ni un solo resquicio para el ejercicio de la libertad en una existencia, casi por entero, dedicada a la búsqueda de empleo (Elsa acaba de ser despedida de la fábrica textil en la que trabajaba); al racionamiento de la comida y de los afectos (todos dedicados a sus hijos), en un impertinente contexto protagonizado por una crisis laboral de apariencia irreparable, además de generalizada. 

Hay, sin embargo, quien encuentra un resquicio para la esperanza en mitad de este desolado paisaje de inseguridad social e infortunios familiares: amigos y familiares de Elsa y Sheptim les tienden la mano, cada uno como mejor puede, ayudándoles a buscar trabajo, a encontrar refugio o cobijo con los suyos; a huir de quienes les persiguen o a apreciar las bondades de un buen café cuando se toma con la compañía deseada...

El realizador greco-albano Bujar Alimani tiñe su ópera prima de frío realismo y de encuadres precisos, de palabras mínimas y de miradas melancólicas mientras proyecta la totalidad de su argumento a una  conclusión inevitable,  embebida de rabia, segundas oportunidades frustradas y perdición; no podía ser de otro modo en el mismísimo infierno. 

J. P. Bango 

 

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