Septimo Vicio - El cine visto desde otros t iempos

Melancholia

Hay dos tipos de cineastas transgresores. Los que lo son y los que quieren serlo. Lars Von Trier lleva años intentando formar parte del primero de estos grupos; la realidad demuestra, una y otra vez, que le costará evitar pasar a la historia como insigne cabecilla del segundo. Y en eso sigue, también gracias a Melancholia, a pesar de sus denodados esfuerzos por reclamar su correspondiente cuota de repercusión mediática minutos después de una proyección, recibida con cierta indiferencia, en la que toda la atención de los fotógrafos (o, quizá, por eso mismo) se centraba en el poco disimulado brillo de sus dos partenaires, Kirsten Dunst & Charlotte Gainsbourg, a la sazón protagonistas de su última película.

Publicado: 01/06/2011

Dunst (estadounidense) y Gainsbourg (francesa) interpretan en Melancholia  a dos hermanas pertenecientes a una extracción social, a todas luces, acomodada. Justine,  protagonista del primer segmento de la narración, acaba de casarse y lo celebra en casa de Claire, en una velada nocturna repleta de resentimientos familiares y continuas salidas de tono (algunas de ellas protagonizadas por la joven recién casada), semanas antes de que un acontecimiento que parece sólo anecdótico, el acercamiento de un planeta a la órbita terráquea, comience a acaparar la atención de toda la humanidad ante la posibilidad de que, finalmente y contra todo pronóstico, especialmente contra el pronóstico que defienden la mayoría de los científicos, termine por colisionar contra la Tierra (un misterio que nunca pretende ser tal:  el propio Lars Von Trier lo resuelve en el minuto uno de la película). Las dos hermanas se enfrentarán a esta posibilidad de dos formas (solo aparentemente) opuestas. 

En esta primera parte se muestra el desfallecimiento emocional que sufre Justine la noche de su boda. Si bien, al principio, se presenta ante los demás como una joven radiante, decidida, enamorada, no tarda en proyectar un carácter psicológicamente fluctuante, alternando períodos de aparente felicidad con momentos en que se revela plenamente desencantada  (en un acto de despecho llega a follarse a uno de los invitados en el green de un campo de golf aledaño al palacio donde tiene lugar la celebración), a lo que suma inequívocas muestras de fatiga existencial, casi todas debidas a su flemático entorno familiar (y político); su matrimonio,  entre reproches extemporáneos, vaivenes emocionales y depresiones varias, parece condenado al fracaso desde el día de la boda (es curioso, pero le pasaba lo mismo a Kirsten Dunst en Spiderman 2). 

En este segmento inicial, que el cineasta danés interpreta a medio camino entre “El Ángel Exterminador” de Luis Buñuel y “Celebración” de Thomas Vintenberg (a ratos incluso parece un remake apócrifo de esta última),  se dibuja un retrato de la burguesía singularmente decadente. Todos los invitados muestran su cara más agria (también la más arquetípica) a las primeras de cambio: los padres de Justine se presentan por separado; el uno (John Hurt) lo hace visiblemente pasado de vueltas, robando cucharas y planos de cámara, mostrándose convincentemente insoportable (un mérito que, en el caso que nos ocupa, excede el carácter del propio personaje); la madre de Justine (Charlotte Rampling) carga contra todos y contra todo, en mitad de la cena, aborreciendo lo que dicho ceremonial representa; es el primer brote de turbiedad en la noche de autos. Nada vuelve a saberse ni de uno ni de otro durante el resto de la película. Y apenas si importa.  No en vano, el cineasta danés repleta todo este tramo de diálogos insustanciales (o redundantes, lo que es lo mismo), puestos en boca de personajes secundarios (especialmente prescindibles en todos estos casos: Udo Kiers, Stellan Skarsgard, Alexander Skarsgard, Kiefer Sutherland) que aparecen y desaparecen sin que su destino deba importarnos de algún modo. El centro de atención lo reclama, para sí misma, Justine; al menos hasta que aparece el planeta errante y comienza a robarle los encuadres. 

El segundo segmento (también el peor) lo observamos desde la perspectiva de Claire. Han pasado unos meses y la salud mental de su hermana Justine parece haber tocado fondo. Claire la acoge en su residencia contraviniendo los consejos de su propio esposo (Kiefer Sutherland, nunca antes tan fuera de contexto como en esta película). La paulatina recuperación física de Justine, sin embargo, no tiene una correlación directa en el plano psicológico: la hermana de Claire ha desarrollado una notoria pulsión antihumanista,  y ella misma es su primera víctima. De forma paralela, crece en Claire la preocupación acerca de lo que pasa en su entorno. Una preocupación que aumenta a medida que también lo hacen las pruebas que refuerzan una tesis que, sólo hasta entonces, había parecido utópica: el planeta "Melancholia" podría haber mutado su órbita,  según descubre el hijo de la pareja protagonista navegando por internet (sic); una posibilidad que el marido de Claire, ferviente positivista, desdeña de inmediato; y eso a pesar de las continuas sospechas que asolan a la mayoría de los habitantes del palacio (aunque ninguno lo exprese abiertamente; ya se sabe: el burgués sólo participa de su entorno a partir de la mera observación, que es justo lo que ha hecho siempre). En este contexto, más melancólico que apocalíptico, la colisión entre los dos planetas (y entre las dos hermanas) parece inevitable. 

Lars Von Trier odia la humanidad. Y ya no tiene espacio en su ideario creativo para las figuras retóricas. Que se mueran todos, que se mueran cuanto antes y que, además, suceda de una manera contundente (en este caso, de la manera más contundente posible); lo expresa el personaje que interpreta Kirsten Dunst a todas horas, presumiendo de una sonrisa envenenada por la abyección y la demencia; su conciencia ecpática, y así lo entienden también los demás, ya no admite vuelta atrás mientras espera que llegue un desastre espeluznante para ajustar cuentas colectivas. Tantas veces se repite esta idea durante la proyección de Melancholia que bien podría parecer una extensión subrepticia del propio pensamiento del autor danés, luego sacado de contexto en la polémica rueda de prensa que precedió a su premiere en Cannes; es, y de eso no hay duda, el epítome de este modo de entender las cosas, y la propia ficción,  incluso tomando como referencia las (poco complacientes) obras previas de su autor.  Pero aquí ya no hay lugar para las automutilaciones genitales (aunque la idea de la auto-laceración siempre está presente) ni para perfomances dantescas en mitad de un bosque umbrío preñado de deseo y desesperación (aunque si lo hay para un suculento baño de luz de luna de claras connotaciones místicas) sino para un planeta a punto de extinguirse por cuenta de una colisión inexorable ante la atenta mirada de dos mujeres, también hermanas, que esperan o desean el apocalipsis, respectivamente, mientras los vínculos (y las emociones) que las atan a su entorno se van desvaneciendo poco a poco. 

Un argumento, cuyo leitmotiv parece directamente extraído de la ciencia ficción de los cincuenta (presente, siempre con un espíritu naif, en la muy divertida Cuando los mundos chocan de Rudolph Maté) que va a representar una cierta continuidad temática con su anterior trabajo, Anticristo; una paridad que también se eleva al ámbito de lo formal (aunque a veces da la sensación que lo hace de una manera impostada) ya desde sus primeras imágenes. Así podemos disfrutar de un prólogo compuesto de bellísimos planos en slow motion embebidos de efluvios wagnerianos, de ninfas acomodadas sobre el agua esperando una pronta redención, de caballos desobedientes que se niegan a asimilar su destino, de paisajes devorados por la neblina en plano cenital, de bosques que parecen feéricos sólo cuando resplandece la luna… aún con la sospecha, deseamos que infundada, de que unas y otras imágenes parezcan rodadas, con exclusividad, con vistas a embellecer su jugoso teaser-trailer... 

Alegato hiperbólico en contra de la humanidad y los lazos hipócritas de los que se nutre, también desde el punto de vista familiar,  Melancholia  se esfuerza, todo el tiempo, en  parecer lo que no es: un drama metafísico sobre la inexorabilidad de una especie, la humana, condenada a esperar, en butaca preferente, su propio apocalipsis. Lástima que dicha espera la filme Lars Von Trier en una de sus horas más bajas como autor (y como creativo). 

J. P. Bango 

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carlos polite en 03/06/2011

Aun no he visto la película de marras y no se si la veré. Desde mi punto de vista este diréctor siempre ha sido una tarado dotado para la imagen, un efectista hueco, pedante, pretencioso y esencialmente aburrido.

Como tal tiene y siempre tendrá una legión de fans a los que respeto pero a los que doy mi más sincero pésame. Más le valdría dejarse de discursos enfermizos y onanistas e intentar encauzar ese innegable talento en algo que verdaderamente mereciera la pena. Por no hablar de esa ridícula polémica sobre el nazismo que verdaderamente lo mete de lleno en ese segundo grupo al que se refiere Bango, pero ni siquiera como cabecilla, sino como mero comparsa.

Bufffff, creo que no pienso ver Melancholia, este tipejo ya me la ha metido doblada en no menos de cinco ocasiones.

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